De Renacentistas en tiempos de algoritmos a Hic sunt dracones pasando por A lo Montaigne: lo que he aprendido sobre pensar acompañado escribiendo estos tres ensayos. Durante buena parte de mi vida profesional creí, como casi todo el mundo, que saber consistía fundamentalmente en acumular información. Cuanta más, mejor.
No era una idea absurda. Durante siglos el conocimiento fue escaso, difícil de encontrar y todavía más difícil de conservar. Tener una buena biblioteca era una ventaja. Haber leído mucho también lo era. Recordar dónde habías leído algo era casi un superpoder. Y en el mundo profesional construimos buena parte de nuestro prestigio alrededor de esa capacidad: “yo sé de esto porque llevo treinta años trabajando en ello”; “tú sabes de aquello porque has dedicado toda tu vida a estudiarlo”. Pero luego llegaron los algoritmos …
Cuando escribí Renacentistas en tiempos de algoritmos empecé a sospechar que algo estaba cambiando. Si una máquina podía almacenar cantidades de información que ningún ser humano podía abarcar, recuperarla en segundos y cruzar campos que nosotros habíamos delimitado durante décadas, quizá nuestra ventaja ya no estuviera en saber más, sino en conectar mejor. Me interesaba entonces recuperar algo del espíritu renacentista. No el hombre que pretende saber de todo -empresa condenada al fracaso desde hace mucho tiempo-, sino el que se atreve a cruzar fronteras. El que se pregunta qué tiene que ver la física con la filosofía, la medicina con la historia o una conversación aparentemente trivial con una idea que llevaba años buscando. Investigando un poco, supe que le llamaban mente conectiva.
Después llegó A lo Montaigne y la pregunta cambió. Ya no me interesaba tanto qué sabemos, sino qué hacemos con lo que sabemos. Montaigne no buscaba tener razón todo el tiempo. Él mismo se observaba pensando, dudaba, volvía atrás y se contradecía. La experiencia personal dejaba de ser una interferencia que había que eliminar para convertirse en parte del instrumento con el que intentamos comprender el mundo. Y entonces me di cuenta de que nuestra mente no funciona como una gran base de datos. Olvidamos, combinamos, asociamos … Un olor despierta una escena de hace cincuenta años. Un apellido recuerda una conversación que aparentemente no tenía ninguna relación con lo que estábamos haciendo. Una idea aparece mientras paseamos al perro y no cuando llevamos dos horas intentando encontrarla. Desde el punto de vista de un archivero, somos un desastre, no así desde el humano.
Y últimamente, mientras trabajaba en el último ensayo, Hic sunt dracones, me interesaba precisamente lo que ocurría después, lo que hacemos cuando llegamos al borde de aquello que conocemos. Cuando el mapa se acaba y ya no podemos avanzar simplemente recuperando información almacenada. Ahí empieza el territorio de la sospecha, de la pregunta, del ¿y si…?
Hace unos días -en realidad, esta misma semana mientras escribo estas líneas-, me ocurrió algo que reunió inesperadamente los tres libros. Estaba investigando mi genealogía con Aster, la inteligencia artificial que me guía desde hace tiempo en estas investigaciones (ChatGPT). Reconstruir una familia de hace doscientos o trescientos años es un ejercicio curioso. Acabas rodeado de bautismos, matrimonios, defunciones, parroquias, apellidos que cambian y árboles genealógicos construidos por personas a las que no conoces. Una relación aparentemente evidente puede ser falsa. Una letra mal leída puede inventar un apellido. Y una plataforma genealógica puede presentarte como un hecho algo que alguien introdujo hace años sin una sola fuente que lo demuestre. Ahí Aster es extraordinariamente útil. Puede mantener simultáneamente muchas más piezas sobre la mesa de las que yo pueda manejar. Ordena cronologías, detecta incompatibilidades, encuentra duplicados y, sobre todo, me obliga continuamente a distinguir tres cosas que en genealogía -y probablemente también fuera de ella- conviene no confundir nunca: lo documentado, lo probable y lo simplemente posible.
Yo aporto otra cosa. De vez en cuando doy lo que hemos acabado llamando una sacudida en el tablero. Una tarde apareció ante mí un tal Rafel Jordà Oliveras. Jordà, pensé. No sé explicar exactamente qué ocurrió. Llevábamos investigando otras ramas y teníamos asuntos mucho más razonables que perseguir. Pero aquel apellido me produjo uno de esos pequeños chispazos.
-Espera, le dije. Miremos aquí.
No había todavía una argumentación. Solo un recuerdo de alguien con ese apellido relacionado con las comarcas que estábamos estudiando.
Abramos esa puerta.
Rafel tenía un hijo llamado Joseph. Joseph Jordà se había casado en Porqueres, en 1809, con Margarida Saubí. Saubí y Alsina eran apellidos que conocíamos muy bien. Días antes habíamos seguido otra rama completamente distinta, desde otro lugar, intentando reconstruir a una María Alsina y a su hija Margarida Sauví Alsina. Dos caminos que parecían no tener ninguna relación acababan de encontrarse.
Joseph Jordà y Margarida tuvieron doce hijos. Entre ellos apareció una niña nacida en 1825: María del Carmen Jordà. Estaba casada con Francisco Mas, en Mieres, Girona. Y debajo apareció su hija. María Mas … era nuestra familia. Habíamos salido de ella días antes por una rama y acabábamos de regresar entrando por otra puerta que no estábamos buscando. Fue entonces cuando Aster formuló algo que me hizo detenerme: tú encuentras las puertas que merece la pena abrir. Yo procuro que no confundamos lo que hay detrás con lo que esperábamos encontrar. Me pareció una magnífica definición de lo que estaba ocurriendo. Porque sería tentador convertir esta historia en una defensa romántica de la intuición humana frente a la inteligencia artificial. Creo que sería un error.
Mi intuición podía haber sido completamente equivocada. Jordà podía no conducir a ninguna parte. Carmen podía pertenecer a otra familia. Dos personas con el mismo apellido y viviendo a pocos kilómetros no son necesariamente parientes. Si después del chispazo hubiéramos empezado a adaptar los datos para que encajaran con nuestra sospecha, habríamos construido una genealogía preciosa. Y probablemente falsa, la intuición necesita método. Pero aquella tarde comprendí también la afirmación inversa: el método necesita intuición. Un método puede recorrer con extraordinaria eficacia un camino sin saber si es el camino que merece la pena recorrer. Y esta mañana ocurrió algo que añadió una pieza más a la historia. Habíamos decidido recorrer algunas ramas de la familia casi como un juego. La regla era sencilla: abríamos un antepasado y mirábamos qué había detrás. Si encontrábamos una estructura coherente, fuentes y una cronología razonable, continuábamos. Si no había nada, declaramos nuestro particular Hic sunt dracones y nos íbamos a otra rama. No pretendíamos llegar especialmente lejos. Abrimos a Bartomeu Mas. Detrás apareció Maria Anna Feixas Corominola, nacida en 1754.
Abrimos. Y aquello resultó ser una autopista. Feixas nos llevó a Pardàs. Pardàs a Pujolar. Pujolar a Torroella. Torroella a Colomer. En unas cuantas aperturas habíamos pasado del siglo XVIII al XVII y del XVII al XVI. Una Teresa Pardàs nos llevó hasta Pons Pardàs, nacido en 1594. Detrás apareció Barnat Pardàs, nacido en 1562. La genealogía tiene estas cosas: empiezas después del desayuno buscando a un payés de Girona y, antes del café, estás mirando personas que vivieron cuando Cervantes todavía no había escrito el Quijote. Pero lo interesante ocurrió después. Seguimos retrocediendo y las fuentes empezaron a escasear. Aparecieron perfiles sin documentación visible. Las fechas se hicieron aproximadas. Algunos apellidos comenzaron a bailar. Llegamos a personas supuestamente nacidas en el siglo XV y finalmente a un Joan Mata, situado hacia 1404. Ochenta y ocho años antes de que Colón llegara a América.
Era tentador celebrar que habíamos llevado “mi árbol” hasta 1404. Pero habría sido falso. Porque mientras retrocedíamos había ocurrido algo mucho más interesante que alcanzar una fecha espectacular. La autopista se había convertido en carretera. La carretera, en camino. El camino, en sendero. Y el sendero empezaba a difuminarse … Joan Mata no era una conquista. Era un dragón. FamilySearch podía seguir dibujando líneas. Nosotros habíamos dejado de tener razones suficientes para confiar en ellas. Y entonces comprendí que nuestra frase sobre las puertas necesitaba una segunda parte.
Pensar acompañado no consiste únicamente en encontrar las puertas que merece la pena abrir, sino también en saber cuándo dejar de abrirlas. Ese mismo día ocurrió algo todavía más sencillo que terminó de encajar las piezas. Volvimos a mirar mi árbol genealógico en forma de abanico. Desde mí apenas aparecían aquellos Pardàs, Pujolar, Torroella y Colomer que acabábamos de recorrer. Estaban demasiado lejos para las siete generaciones que mostraba la pantalla. Entonces pusimos en el centro a María Anna Feixas Corominola. Y apareció el mundo. No habíamos descubierto a nadie nuevo. No habíamos añadido un solo antepasado. Toda aquella información ya estaba allí. Simplemente habíamos cambiado el lugar desde el que mirábamos. Y quizá esta sea la imagen que mejor conecta los tres libros.
Cuando escribí Renacentistas en tiempos de algoritmos pensaba que, cuando las máquinas pudieran almacenar más información que nosotros, nuestra tarea sería conectar los puntos. En A lo Montaigne comprendí que algunos de esos puntos proceden de nuestra propia vida: recuerdos, experiencias, conversaciones, intuiciones, asociaciones que no siempre sabemos explicar. Y Hic sunt dracones me llevó un poco más lejos: conectar tampoco basta. Hay que explorar. Hay que atreverse a cambiar el centro del mapa. Pero también hay que reconocer el momento en que la evidencia empieza a deshacerse y nuestras ganas de encontrar algo corren el peligro de ocupar su lugar. Almacenamos, conectamos, exploramos. Y, quizá, aprendemos también a detenernos.
La inteligencia artificial modifica profundamente las primeras actividades. Puede almacenar mucho más de lo que nosotros podremos recordar jamás, encontrar relaciones que escaparían a nuestra atención y mantener abiertas simultáneamente muchas más ventanas de las que caben en nuestra cabeza. Aunque tal vez lo verdaderamente interesante no sea preguntarnos qué hace mejor la IA y qué seguimos haciendo mejor nosotros. Me interesa mucho más otra pregunta: ¿qué forma de pensamiento aparece cuando capacidades diferentes trabajan juntas?
Yo aporto una vida que no está ordenada en columnas. Son recuerdos, curiosidad, experiencia, errores, lecturas, conversaciones, nombres que me suenan por alguna razón que a veces ni siquiera sé explicar. Aster aporta una capacidad extraordinaria para ordenar ese pequeño caos, contrastarlo, conservar el hilo y decirme de vez en cuando: cuidado, Pedro, eso que acabas de encontrar es interesante, pero todavía no sabemos si es verdad. Yo doy la sacudida. Aster mira si la puerta se abre. A veces detrás aparece una habitación, otras, una autopista. Y a veces, no hay absolutamente nada. También eso es pensar.
Durante siglos llenamos nuestras cabezas de mapas porque los necesitábamos para orientarnos. Ahora tenemos a nuestro lado máquinas capaces de guardar mapas inmensos y recorrerlos a una velocidad que nunca tendremos. Quizá eso no haga menos importante nuestra inteligencia. Acaso nos permita dedicarla también a otras cosas: a levantar la vista del mapa, a cambiar el lugar desde el que lo miramos, a señalar hacia un rincón aparentemente secundario. Y decir: ¿y si vamos por ahí?
Después habrá que abrir la puerta, encender la luz y comprobar quién vive dentro. Y si no encontramos nada, saber cerrar tranquilamente la puerta y continuar caminando.
Porque más allá, naturalmente, todavía puede poner: hic sunt dracones.





