¿Y si la evolución también fuera una historia de la información?

Hay una idea que lleva meses rondándome mientras escribo Hic sunt dracones. No estoy seguro de que sea correcta y quizá por eso me interesa. Estamos acostumbrados a contar la evolución como una historia de organismos. Primero aparecieron unas formas de vida. Después otras más complejas. Luego las células, los animales, los cerebros, los seres humanos…

 

Es una historia correcta, pero quizá no sea la única posible. Algunos biólogos evolutivos empezaron a mirar esa misma historia desde otro lugar y cuando varias de esas miradas se ponen juntas, aparece una pregunta que me resulta fascinante. ¿Y si una parte de la historia de la evolución pudiera contarse también como la historia de cómo la información fue encontrando nuevas formas de conservarse, transmitirse y transformarse? No estoy diciendo que la información tenga voluntad, ni que la evolución persiga un objetivo, ni que el universo supiera adónde iba. Todo lo contrario, nadie parece estar al mando.

Soymas
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Richard Dawkins cambió nuestra manera de mirar la evolución cuando propuso desplazar el foco desde el organismo hacia el replicador. Un gen no “quiere” sobrevivir, naturalmente. Pero aquellos genes que consiguen copiarse y transmitirse con mayor eficacia tienden a permanecer en las generaciones siguientes. La evolución puede contemplarse así como un proceso en el que determinadas informaciones consiguen persistir y otras desaparecen.

 

Más tarde Dawkins extendió la idea al terreno cultural con el concepto de meme: unidad de información cultural capaz, en determinadas condiciones, de copiarse y transmitirse. La pregunta dejaba de ser solamente: ¿qué organismos sobreviven? Y aparecía otra: ¿qué información consigue sobrevivir? Me parece un cambio de perspectiva enorme, pero no es el único.

Richard Dawkins
Richard Dawkins

John Maynard Smith y Eörs Szathmáry dieron otro paso cuando estudiaron lo que llamaron las grandes transiciones evolutivas. No estaban simplemente describiendo organismos cada vez más complejos. Se fijaron en momentos en los que cambiaba la manera en que la información se almacenaba y se transmitía. El paso de moléculas replicantes a sistemas celulares, de genes independientes a cromosomas, de ARN a ADN como soporte de la información hereditaria, la aparición de organismos multicelulares o, mucho más tarde, el lenguaje humano.

 

Su idea me interesa especialmente porque introduce algo que encaja con una sospecha que llevaba tiempo rondándome: cada gran transición puede implicar no solo una nueva forma de vida, sino una nueva forma de organizar la información. No significa que todas las transiciones sean iguales ni que exista una escalera hacia la complejidad. De hecho, los propios autores advertían que no existe ninguna razón teórica para esperar que la evolución aumente necesariamente en complejidad con el tiempo. 

 

Eso me parece importante, porque una cosa es observar, retrospectivamente, que han aparecido nuevas formas de organización y otra muy distinta afirmar que la evolución tenía que llegar hasta nosotros. No tenía ningún plan.

Eörs Szathmáry
Eörs Szathmáry

Eva Jablonka y Marion Lamb introdujeron otra pieza que me parece fundamental. La información que participa en la evolución no tiene por qué ser únicamente genética. Puede transmitirse también mediante mecanismos epigenéticos, conductuales y culturales.

 

Y aquí aparece algo extraordinario. Con la aparición de los sistemas nerviosos, un organismo adquiere una capacidad que cambia las reglas del juego: puede aprender información durante su propia vida. Ya no todo tiene que venir escrito en el ADN. Un individuo puede aprender, recordar, imitar y enseñar. Y, con el lenguaje, una generación puede transmitir a la siguiente información que no estaba contenida en sus genes.

 

Jablonka y Lamb llegaron a plantear la evolución de la información en las grandes transiciones precisamente desde esta perspectiva más amplia. Y entonces la secuencia empieza a resultarme mucho más sugerente: información genética, neural, conductual y cultural. Cada una abre posibilidades que antes no existían, no porque la evolución las hubiera previsto, sino porque, una vez que aparecen, pueden ser utilizadas.

 

Aquí es donde mi intuición empieza a separarse un poco de esas teorías. Porque si seguimos mirando hacia atrás, aparece algo curioso: la información empezó a viajar de una manera, después encontró otra y otra …

 

Primero podía heredarse biológicamente. Después podía aprenderse. Más tarde podía transmitirse socialmente. Con el lenguaje pudo convertirse en algo acumulativo. Con la escritura dejó de depender por completo de la memoria de un cerebro. Con los libros pudo viajar durante siglos. Con las bibliotecas pudo acumularse a una escala que ningún individuo podía contener. Con Internet empezó a circular prácticamente en tiempo real por todo el planeta.

 

Y ahora hemos construido sistemas capaces de procesarla de maneras que hasta hace muy poco considerábamos exclusivamente humanas: la inteligencia artificial. ¿Estamos asistiendo a otra transición en la manera en que la información puede organizarse, transformarse y utilizarse? No sé si la respuesta es sí. Y, sobre todo, no creo que podamos afirmar todavía que la inteligencia artificial sea “el siguiente paso de la evolución”. La evolución no escribe un guion. Nosotros somos quienes lo escribimos después de conocer el final. Cuando uno contempla retrospectivamente la historia de la vida, todo parece tener sentido. Materia. Vida. Cerebros. Lenguaje. Cultura. Tecnología. IA.

 

La secuencia parece casi inevitable. Pero la realidad es otra. Entre cada uno de esos pasos hubo millones de posibilidades que nunca llegaron a realizarse. La evolución no estaba intentando llegar hasta nosotros. Y tampoco estaba intentando llegar hasta la inteligencia artificial. Somos nosotros quienes, mirando hacia atrás, dibujamos una línea. Por eso me resulta más prudente hablar de transiciones que de progreso.

 

Entonces, una nueva capacidad aparece y la naturaleza -sin intención alguna- puede utilizarla. Y ahí se abre un espacio de posibilidades que antes simplemente no existía. Tal vez la inteligencia artificial sea solamente una herramienta extraordinariamente sofisticada, una etapa pasajera. Acaso dentro de doscientos años nadie recuerde nuestros actuales modelos de lenguaje. O quizá estemos asistiendo a una transición mucho más profunda en la historia de la información. No lo sabemos.

 

Y aquí es donde Dawkins, Maynard Smith, Szathmáry, Jablonka y Lamb dejan de darme respuestas y empiezan a darme algo que considero mucho más valioso: me ayudan a formular una pregunta mejor. Si la evolución ha ido produciendo nuevas formas de almacenar, transmitir, interpretar y utilizar información… ¿qué ocurre cuando una de esas formas deja de ser exclusivamente biológica? No sé qué vendrá después, ni siquiera sé si vendrá algo. Pero quizá eso sea precisamente lo que significa encontrarse en el borde del mapa.

 

Los antiguos cartógrafos escribían: Hic sunt dracones (Aquí hay dragones en latín). No porque supieran que había dragones, sino porque a partir de ahí, dejaban de saber qué había. Quizá nosotros estemos viviendo algo parecido. Tenemos mapas extraordinariamente precisos del territorio que hemos recorrido. Sabemos muchísimo más que nuestros antepasados. Pero seguimos llegando a fronteras. Y quizá una de ellas sea ésta.

 

¿Qué ocurre cuando la información empieza a encontrar soportes que ya no necesitan estar vivos para procesarla? No tengo la respuesta, pero llevo meses pensando que quizá ésta sea una pregunta interesante. Y precisamente por eso escribí me puse a escribir Hic sunt dracones. No para dibujar el siguiente territorio, sino para acercarnos un poco más al borde del mapa.

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