Kerry Livgren, guitarrista y compositor de Kansas, estaba practicando fingerpicking. Repetía una progresión de acordes una y otra vez, simplemente para mejorar su técnica. Su mujer lo escuchó desde otra habitación y le dijo: “es muy bonito, deberías hacer una canción”. Kerry no lo veía claro. Aquello le parecía demasiado sencillo para Kansas, un grupo acostumbrado a composiciones bastante más sinfónicas y complejas. Pero siguió tirando del hilo y apareció Dust in the Wind.
Me fascinan estas historias porque desmontan una idea que tenemos muy arraigada: la de que las cosas importantes nacen de grandes propósitos. Nos gusta imaginar al escritor sentándose ante una página en blanco dispuesto a escribir una obra maestra, pero muchas veces no ocurre así.
Alexander Fleming no estaba buscando la penicilina cuando observó que algo extraño había sucedido en una placa de cultivo.
El descubrimiento de la radiación de fondo de microondas comenzó con dos físicos intentando averiguar de dónde demonios procedía un ruido que interfería en su antena.
Tal vez una parte considerable de lo que llamamos creatividad consista precisamente en estar suficientemente atento para reconocer algo cuando aparece. Porque el azar, por sí solo, no basta.
Louis Pasteur lo expresó mucho mejor: “En los campos de la observación, el azar favorece solo a las mentes preparadas”. Me gusta especialmente esa última palabra: preparadas. Fleming podía encontrarse una placa contaminada, Penzias y Wilson podían escuchar aquel ruido y Kerry Livgren podía repetir durante horas una progresión de acordes. Pero hacía falta algo más: saber detenerse ante lo inesperado y pensar “aquí hay algo”.
El hallazgo, a veces, necesita casualidad, sí, pero también una mirada capaz de reconocerla. Esto me interesa especialmente ahora porque durante buena parte de nuestra vida profesional hacemos exactamente lo contrario, nos enseñan a buscar. Y funciona. Probablemente ninguna organización podría sobrevivir esperando tranquilamente a que apareciera la serendipia.
El problema empieza cuando trasladamos esa manera de vivir a todo lo demás. Leemos para aprender algo, caminamos para hacer ejercicio, viajamos para conocer lugares y conversamos para llegar a conclusiones. Incluso el tiempo libre parece necesitar una finalidad. Y quizá algunas de las cosas más interesantes de la vida empiezan precisamente cuando dejamos de exigirles que sirvan para algo.
Empiezo leyendo sobre agujeros negros y termino preguntándome por la naturaleza del tiempo. Busco entender una cuestión de física cuántica y acabo leyendo filosofía. Una conversación aparentemente trivial abre una pregunta que no sabía que me quemaba por dentro. No podría haber planificado ese recorrido, porque para conectar dos puntos primero tienen que existir los puntos.
Por todo ello, cada vez me molesta más esa obsesión por aprovechar el tiempo. Hay momentos en los que aprovecharlo consiste precisamente en permitir que se pierda un poco. Leer sin saber para qué, pasear sin destino, aprender algo que probablemente nunca utilizaremos, tocar una guitarra simplemente para practicar.
Montaigne se retiró a su torre para leer, pensar y escribir sin saber exactamente adónde conduciría todo aquello. De hecho, llamó essais a sus textos porque eran eso: intentos.
Quizá vivir con curiosidad tenga también algo de ensayo. Uno empieza por algún sitio y observa qué ocurre. Algunas veces encontramos lo que buscamos, pero otras, bastante más interesantes, nos topamos con algo que ni siquiera sabíamos que estábamos buscando.
Kerry Livgren estaba aprendiendo fingerpicking y encontró Dust in the Wind.





