Las heridas abiertas del Este de Alemania: el auge de la AfD, el fracaso de la reunificación y la memoria fracturada

La reciente victoria de la extrema derecha en uno de los Länder más empobrecidos de la antigua RDA no es un accidente electoral, sino la peligrosa colisión entre el abandono institucional prolongado y una divergencia histórica que Alemania nunca supo resolver.

 

El pasado domingo 6 de septiembre, las urnas arrojaron un resultado que ha sacudido los cimientos institucionales de Alemania pero que se veía venir desde 2024 en elecciones regionales y federales. La victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en uno de los estados orientales más castigados por la despoblación no es un fenómeno aislado. Como evidencia la demoscopia en todo el territorio de la antigua RDA, se trata del síntoma de unas heridas estructurales que, más de tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, siguen sangrando.

 

Cualquier análisis riguroso exige mirar más allá de la coyuntura actual para diseccionar cómo se ejecutó la reunificación, el persistente agravio económico y la forma asimétrica en que ambas Alemanias procesaron su pasado.

 

La absorción económica: La Treuhand y el fracaso del ‘Soli’

 

El proceso de reunificación se sintió en el este menos como una integración equitativa y más como una absorción impuesta. Tal y como documenta de forma exhaustiva el sociólogo Steffen Mau en su aclamado estudio Lütten Klein, las fracturas sociales actuales tienen sus raíces en el papel demoledor de la Treuhandanstalt. Esta agencia fiduciaria, encargada de privatizar la economía estatal de la RDA tras 1990, provocó el cierre masivo de fábricas y dejó a millones sin empleo, erigiéndose como el principal motor de una desindustrialización que sembró la semilla de la desconfianza cívica.

 

A este trauma se sumó la frustración cruzada en torno al impuesto de solidaridad (Solidaritätszuschlag). Los alemanes occidentales pagaron durante décadas este recargo para financiar la reconstrucción oriental, sintiendo que asumían una factura interminable. Paralelamente, los ciudadanos del este veían cómo esos miles de millones no frenaban la precariedad de una economía que había pasado a estar dominada casi en su totalidad por empresas y directivos del oeste. Esta sangría material provocó un éxodo demográfico constante de las generaciones más jóvenes y cualificadas.

Elecciones Almania 2024

El resultado es que la fractura entre la Alemania Occidental y la Oriental no es solo una percepción identitaria, sino una realidad estadística palpable en los principales indicadores socioeconómicos. El PIB per cápita y la renta disponible en los estados orientales se sitúan de media entre el 75% y el 85% de los niveles occidentales. Las grandes sedes corporativas, las fortunas familiares y los centros de decisión continúan concentrados en el oeste.

 

Además, el este sufre un envejecimiento estructural severo (constrictivo). La combinación de la masiva emigración de jóvenes y población cualificada hacia el oeste tras 1990 y el desplome de la natalidad en la década de los noventa ha dejado regiones enteras en Turingia, Sajonia-Anhalt y Brandeburgo con medias de edad que superan ampliamente los 50 años, frente a distritos occidentales mucho más equilibrados, y aunque la brecha de la esperanza de vida se ha estrechado parcialmente desde la reunificación, persiste una ligera desventaja en los «años de vida saludable» y en la longevidad general masculina en el este, lastrada por las secuelas de la precariedad laboral post-reunificación.

Soymas
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El espejismo de Merkel y la «identidad negativa»

 

En medio de este panorama de desigualdad, la figura de Angela Merkel resulta casi un espejismo. Que una ciudadana criada en la RDA llegara a la Cancillería y gobernara durante 16 años fue una auténtica rara avis. Lejos de representar una normalización, su prolongado liderazgo enmascaró una realidad incómoda.

 

El ensayo Der Osten: eine westdeutsche Erfindung (El Este: una invención occidental) del investigador Dirk Oschmann disecciona a la perfección esta dinámica. Oschmann argumenta cómo las élites occidentales han monopolizado el relato nacional, marginando sistemáticamente a los orientales de los grandes puestos de poder político, judicial y mediático. Al este se le impuso una «identidad negativa», profundizando su distanciamiento emocional de las instituciones tradicionales.

 

Dos memorias frente al espejo: la desnazificación asimétrica

 

Este aislamiento socioeconómico choca, además, con una divergencia histórica fundamental. Las investigaciones historiográficas sobre la posguerra muestran cómo, en la Alemania Occidental, el sistema educativo acabó forzando a las nuevas generaciones a confrontar el nazismo y asumir una responsabilidad estructural —lo que cimenta, por ejemplo, el inquebrantable apoyo estatal a Israel—.

 

Por el contrario, la República Democrática Alemana (RDA) operó bajo lo que los historiadores denominan el «mito fundacional antifascista». El relato oficial comunista asumió el antifascismo por decreto, atribuyendo los horrores del nazismo exclusivamente al «capitalismo occidental». Al eximir a su propia población de una verdadera desnazificación y de un examen de conciencia, ciertas subculturas autoritarias y xenófobas nunca llegaron a disolverse del todo en el este, quedando latentes en el tejido social durante décadas.

 

Un programa para dinamitar el sistema

 

Hoy, ese resentimiento histórico e identitario ha encontrado un cauce perfecto en la AfD. El partido ha capitalizado el descontento combinando populismo con postulados que dinamitan el consenso de posguerra. La radicalidad de este movimiento está constatada a nivel oficial: la propia Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV) ha clasificado a las juventudes del partido y a varias de sus ramas regionales orientales como «organizaciones extremistas de derecha confirmadas».

 

Lejos de ofrecer soluciones reales al este, su programa plantea derivas sumamente extremas:

  • El plan de Remigración: Es su propuesta estrella. Defienden la deportación masiva de personas de origen extranjero, incluyendo a ciudadanos alemanes con pasaporte que no encajen en su rígido concepto de «identidad alemana».
  • El Dexit y el ataque a la UE: Fueron pioneros en exigir la salida de Alemania de la Unión Europea y la disolución del euro; una medida que, paradójicamente, destruiría el músculo exportador alemán y asfixiaría aún más a las regiones desfavorecidas.
  • Alineamiento prorruso: Exigen frenar el apoyo militar a Ucrania, levantar las sanciones a Moscú y romper lazos estratégicos con la OTAN, apostando por una esfera de influencia eurasiática.
  • Negacionismo climático: Rechazan el cambio climático antropogénico y exigen derogar toda la legislación de transición ecológica para volver al carbón y los combustibles fósiles.
  • Guerra cultural: Buscan censurar la perspectiva de género en la educación, retirar cualquier fondo a colectivos LGTBIQ+, penalizar la investigación sobre memoria histórica y suprimir medios públicos (ARD y ZDF) para emular modelos de control mediático iliberal.

 

Lo que se evidenció en las urnas este domingo no es simplemente un voto de castigo esporádico. Es la cristalización de una reunificación fallida en lo social, instrumentalizada por una formación política dispuesta a utilizar el abandono, el miedo y la exclusión como su principal proyecto de Estado.

 

Hilario Gómez Saafigueroa es Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid

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