Porque dieron la cara: el cierre de la Universidad de Valladolid en 1975

A propósito de lo que la generación boomer ha hecho por el mundo, bajemos a lo concreto.


Este año se cumple el 50 aniversario del cierre de la Universidad de Valladolid por obra y gracia del rector José Ramón del Sol, y del ministro Cruz Martínez Esteruelas: el ministro lo era del régimen, claro, pero también el rector que, en aquel tiempo, era designado -no elegido- y por lo tanto se debía a los “principios del movimiento”.
Eran otros tiempos en muchos sentidos, y tiempos que conviene no olvidar. Eran otros tiempos donde el compromiso por la libertad se manifestaba en la calle, entre los ciudadanos, hombres y mujeres, trabajadores, estudiantes…, contra un régimen que agonizaba en el hospital de La Paz. Vale que el cambio no iba a venir solo del movimiento ciudadano, y que la reacción internacional –y su intervención en la sombra- sería imprescindible para garantizar el final de la dictadura; pero no es menos cierto que la opinión de la calle gritaba al mundo aspiraciones dominantes pese a muchos. La paz, que utilizó el dictador para legitimarse, se revolvía en favor de su verdadera patria: la democracia. Pues bien, en esos estertores del régimen agonizante tuvo lugar un hecho trascendente que saltó desde una ciudad de provincias a las páginas de los diarios y a las pantallas de los televisores del país y del mundo.

 

Era el año 1975 y Valladolid era una ciudad universitaria cuyo distrito alcanzaba Burgos, Cantabria, las “Provincias Vascongadas”,… Desde finales de los 60, estudiantes y profesores participaban activamente en huelgas, protestas y cualquier otra forma de resistencia y defensa de los derechos y libertades. El 16 de enero, durante la celebración de una asamblea de estudiantes en la facultad de Filosofía y Letras, se produjo la intervención de la policía nacional: los “grises” accedieron al recinto y cargaron contra los estudiantes, con no pocos heridos, hasta expulsarlos del edificio. El incidente condujo al cierre temporal de la universidad: un grupo de estudiantes de medicina se encerraron en la capilla del hospital provincial, de donde fueron desalojados por la policía por orden del Tribunal de Orden Público. El día 29 se determinó la reapertura de la universidad: el rector, catedrático de medicina, acudió a impartir clase y se encontró con un aula vacía, a pesar de lo cual se mantuvo allí hasta acabar la hora. A la salida, un grupo de estudiantes le recibió lanzándole huevos. Inmediatamente tomó la decisión de cerrar la Universidad, y el 8 de febrero el Ministerio de Educación y Ciencia (Cruz Esteruelas) emitió la orden de suspensión de las clases en las facultades de Filosofía, Medicina, Derecho y Ciencias, para el resto del curso académico, incluidos los exámenes finales de junio, que tampoco se celebrarían. La noticia apareció en televisión nacional –la única-, y las reacciones no se hicieron esperar: padres molestos por el coste personal y económico; estudiantes y profesores por la desproporción de la medida y sus consecuencias académicas, especialmente para los estudiantes desplazados.

Sin embargo, al mismo tiempo, lejos del desaliento o la sumisión, se produjo la respuesta académica y cívica. Estudiantes y profesores concienciados, pero también acostumbrados a organizarse, pusieron en marcha “la universidad paralela”: clases clandestinas fuera de las aulas, en cafeterías y bares, en parroquias y casas particulares; los profesores ofrecían sus explicaciones; los estudiantes elaboraban y compartían apuntes y lecturas… Padres, madres, sobre todo, y trabajadores se unieron en las protestas, desde distintos puntos del distrito universitario. La reacción internacional se hizo eco de los acontecimientos de los que se informó en las televisiones y en la prensa. Los hombres del régimen, conscientes de la importancia de su imagen internacional e incapaces de aplacar las protestas, accedieron en mayo a la celebración de exámenes de septiembre –lo que era entonces la convocatoria extraordinaria-, y las aulas volvieron a abrirse en el mes de octubre siguiente.

 

El rector sería relevado y trasladado a la UCM. Franco moriría en noviembre. Agonizaba el régimen y se abría la expectativa de otros tiempos y de otra universidad: en febrero de 1982 tuvo lugar el nombramiento del primer rector elegido por la comunidad universitaria -el catedrático de Derecho, Justino Duque- tras un proceso electoral en que participaría toda la comunidad universitaria y que reconocía también el derecho de los estudiantes como electores.


El hecho es historia reciente. Yo era joven entonces y solo entendía a medias. Por fortuna he convivido con otras solo unos años mayores que me han dado también el relato directo de los hechos y de los sentimientos emocionados de aquella lucha por la libertad y el derecho a pensar y a opinar. Gracias por eso, Maricarmen. Y me conmueve también que la Sexta Tv lo haya recordado.

2 respuestas

  1. Gela, que buen artículo y que bien escribes.
    Me suena que parte de esta historia nos la contaste cuando estuvimos alli.

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