Hace más de un año, mi amigo Gerardo Garrido, fotógrafo y muy aficionado a la astronomía, me habló del eclipse. Me dijo que iba a organizar una excursión para verlo en el mejor sitio posible y en compañía de amigos. Entonces no le presté mucha atención, pero según pasaban los meses y escuchando por todos los medios la importancia de tan fugaz e irrepetible evento, no me quedó más remedio que apuntarme. Ya en agosto, dos días antes, recibí una llamada desesperada de Garrido con pronósticos climatológicos nada despejados, del sitio que había elegido para ver el eclipse.
Toda la logística, material óptico, filtros, trípodes, desplazamientos, alojamientos, organizado concienzudamente, pero siempre confiando en que en agosto siempre hace sol (valga la redundancia tratándose de un eclipse). Estuvimos a punto de cambiar el plan, ir a otro sitio; pero la inercia imparable nos obligaba a no poder dar marcha atrás. Esto unido a la posible inexactitud del pronóstico, nos hizo decidir seguir y que fuera lo que Dios quiera. Amaneció el día 12 muy nublado y según nos acercábamos en la furgoneta al punto exacto, la niebla no nos dejaba ver más de 10 metros. De esto que te preguntas…¿Qué hacemos aquí? Milagrosamente y después de varios kilómetros por caminos de tierra, fueron desapareciendo todas la nubes y qué mejor que un video para terminar de contar la historia.





