Hay ideas cuya grandeza solo se comprende muchas décadas después.
Hace unas semanas estaba buscando una partida de bautismo de hace más de doscientos años cuando me hice una pregunta bastante elemental: ¿quién demonios había hecho posible que yo estuviera sentado en mi casa, con un café al lado, pasando las páginas de un libro parroquial escrito cuando todavía no existían ni el ferrocarril ni la fotografía?
La respuesta me sorprendió: los mormones. O, para llamarlos como ellos mismos prefieren actualmente, los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. “Mormones” es el nombre con el que durante generaciones los hemos conocido popularmente, aunque hoy la propia Iglesia pide que se utilice su nombre completo o, de forma abreviada, Santos de los Últimos Días. FamilySearch, la herramienta que estaba utilizando, les pertenece. Detrás de ella hay una historia que, reconozco, me ha producido bastante admiración.
Todo empezó mucho antes de Internet. En 1938, la entonces llamada Sociedad Genealógica de Utah comenzó a utilizar una tecnología que por entonces resultaba bastante novedosa: el microfilm. Sus razones estaban relacionadas con sus creencias religiosas. Para los mormones, conocer a los antepasados y reconstruir los vínculos familiares tiene una importancia especial. Pero lo verdaderamente extraordinario fue lo que hicieron a partir de aquella convicción. Comenzaron a enviar equipos a archivos, parroquias y registros para fotografiar documentos. Página tras página, libro tras libro. Bautismos, matrimonios, defunciones, censos, registros civiles, documentos de inmigración…Y siguieron haciéndolo durante décadas.
Conviene detenerse un momento en el año 1938. Faltaba poco para que comenzara la Segunda Guerra Mundial. No existían los ordenadores personales. Internet pertenecía a la ciencia ficción. Google tardaría sesenta años en aparecer. Y la inteligencia artificial con la que ahora puedo intentar descifrar una partida manuscrita del siglo XVIII habría parecido algo propio de una novela. Ellos, mientras tanto, seguían microfilmando. La colección acabaría superando los 2,4 millones de rollos de microfilm.
Me cuesta incluso imaginar lo que significa esa cifra. Millones y millones de páginas procedentes de archivos de medio mundo, fotografiadas pacientemente porque alguien había decidido que aquella información merecía conservarse. Y aquí está lo que realmente me interesa de esta historia. Normalmente llamamos visionario a quien consigue anticipar el futuro. Alguien imagina el automóvil antes de que existan carreteras, el ordenador personal cuando los ordenadores ocupan habitaciones enteras o un teléfono desde el que algún día podremos acceder a todo el conocimiento humano.
Pero existe otra clase de visión mucho menos espectacular: comprender que merece la pena conservar algo aunque todavía no sepamos todo lo que podremos hacer con ello. Eso fue, en cierto modo, lo que hicieron. Décadas después llegó la siguiente revolución. Los microfilmes comenzaron a digitalizarse. Desde 2002 la captura de nuevos documentos pasó a realizarse íntegramente mediante cámaras digitales. Y en 2021 FamilySearch anunció que había terminado de digitalizar aquella gigantesca colección histórica de más de 2,4 millones de rollos.
Lo que durante décadas había exigido desplazarse hasta un archivo o consultar físicamente una película empezó a poder aparecer en la pantalla de un ordenador. Gracias a ello hoy puedo entrar en FamilySearch desde mi casa y encontrar el bautismo de una persona nacida hace doscientos cincuenta años en un pequeño pueblo que quizá no llegue actualmente a cincuenta habitantes. A veces incluso puedo abrir la imagen del libro original. Eso produce una sensación difícil de explicar. La tinta está allí. La caligrafía del párroco está allí. El nombre de aquella criatura está allí exactamente donde alguien lo escribió dos siglos antes.
Pero conviene hacer una advertencia importante, FamilySearch contiene dos cosas muy diferentes. Por una parte están los documentos históricos. Y por otra, los árboles genealógicos construidos por los usuarios. No son lo mismo. Los árboles pueden equivocarse. Y mucho. Alguien encuentra dos personas con nombres parecidos, las fechas parecen coincidir y decide unirlas. Otro usuario acepta esa relación. Un tercero continúa construyendo a partir de ella y, unas generaciones después, podemos tener un árbol genealógico precioso que se sostiene sobre una persona equivocada. Por eso, cuando aparece un nuevo antepasado, he adquirido una costumbre bastante saludable: -Muy bien. ¿Y la fuente? Encontrar los documentos enlentece el proceso, pero permite avanzar con rigor.
Y ahora estamos entrando en una nueva etapa, porque a todo aquel gigantesco trabajo de conservación le hemos añadido una herramienta que quienes comenzaron a microfilmar en 1938 difícilmente podrían haber imaginado: la inteligencia artificial. De repente podemos comparar nombres, buscar variantes de apellidos, relacionar lugares, detectar contradicciones, intentar leer caligrafías imposibles y recorrer en minutos caminos que antes podían exigir días de investigación. Y entonces comprendí algo que me parece importante recordar precisamente ahora, cuando hablamos continuamente de lo que hará la inteligencia artificial.
La IA llegó al final de esta historia. Antes tuvo que ocurrir todo lo demás. Primero alguien escribió un nombre en un libro. Después alguien conservó aquel libro durante generaciones. Décadas o siglos más tarde, otra persona decidió fotografiarlo. Alguien guardó aquella película. Después hubo que digitalizarla. Otros construyeron bases de datos capaces de organizar millones de imágenes. Y solo entonces apareció una tecnología capaz de ayudarnos a relacionarlas. Cada generación añadió una capa sin conocer necesariamente la siguiente. Hay algo profundamente humano en eso.
Vivimos obsesionados con predecir el futuro. Nos preguntamos qué profesiones desaparecerán, qué hará la inteligencia artificial dentro de diez años, cómo serán la medicina, la educación o el trabajo. Tal vez algunas de las decisiones más importantes que podemos tomar no consistan en acertar esas predicciones. Acaso consistan simplemente en dejar buenas cosas preparadas para quienes vengan después. Datos bien conservados. Archivos accesibles. Conocimiento compartido. Preguntas todavía sin respuesta.
Los hombres y mujeres que comenzaron a microfilmar aquellos documentos en 1938 no podían saber que, casi noventa años después, alguien estaría sentado en su casa recorriendo aquellas imágenes acompañado por una inteligencia artificial. No necesitaban saberlo, su gran acierto fue anterior. Comprendieron que el pasado merecía ser conservado aunque todavía no conociéramos las herramientas con las que algún día podríamos interrogarlo.
Y quizá eso también sea tener visión de futuro. Puede que incluso sea una de sus formas más hermosas.






2 respuestas
Buen artículo Pedro, sobre algo muy interesante. He estado cacharreando con Family Search desde que me jubilé y efectivamente es un maravilloso legado. Al contrario que otras páginas que te ayudan a buscar tu árbol genealógico, este servicio es gratuito y extremadamente transparente. Puedes subir en tu árbol, ver la información, ver quién la ha ingresado (normalmente interpretando, no sin dificultad, lo que se ha escrito a mano en los documentos) y puedes encontrar a lejanos familiares tuyos en cualquier país siguiendo el rastro. Hay muchos documentos cuya información no ha sido estructurada, así que cualquiera puede colaborar voluntariamente leyendo el documento escaneado y aportando los datos en las fichas, hasta que la IA sea capaz de interpretar (cosa que creo que llevará tiempo) todos los documentos, muchos de los cuales tienen defectos de conservación, de digitalización, y de escritura.
Gracias Jesús. Espero que guste mucho el artículo y que sirva para dar a conocer este servicio. Es cierto que sin una preparación previa, es difícil trastear. Pero con la ayuda de la IA que te va guiando, todo solventado.
Para mí ha sido todo un descubrimiento.