Ya está: el Presidente del Gobierno de España ha decidido adelantar las elecciones generales y, de inmediato, medios de comunicación y redes sociales han sufrido una avalancha demoscópica. Titulares de prensa, entradillas de telediario, tertulias a todas horas o simples comentarios en X devoran los pronósticos con la misma intensidad ritual con que los aztecas alimentaban a Huitzilopochtli y Xipe Tótec con los cuerpos sacrificados en sus pirámides, todo con tal de mantener el equilibrio cósmico.
Y es que el ser humano soporta con verdadera angustia la incertidumbre del futuro, pero en ningún estamento este pánico resulta más acuciante que en los despachos donde se disputa el poder político. En la Antigüedad, los gobernantes aplacaban su neurosis acudiendo al Oráculo de Delfos para escuchar las profecías ambiguas de la Pitia —una sacerdotisa bastante fumada—, sacrificando aves para leer el porvenir en sus entrañas (lo que no dejaba de ser una guarrada) o contratando a astrólogos de corte —como los que consultaba el emperador Tiberio en Capri— para que interpretaran la posición de las estrellas antes de tomar una decisión de Estado. Si el presagio era favorable, el líder marchaba a la batalla henchido de confianza; si era adverso, el pánico paralizaba al ejército.
Hoy, en plena era dorada de los algoritmos predictivos, el procesamiento masivo de datos y una inteligencia artificial capaz de redactar poesías en arameo, la fe ciega en lo oculto simplemente ha cambiado las vísceras de pollo por la desviación típica. Políticos, asesores de comunicación y líderes de opinión consumen encuestas electorales con la misma devoción compulsiva y la misma necesidad neurótica de aplacar su ansiedad que mostraba el rey Creso de Lidia al enviar regalos a los sacerdotes de Apolo. Sin embargo, cuando se trata de algo tan rudimentario como adivinar qué papeleta meterá un ciudadano en una caja de plástico, la sociología de salón y las casas de encuestas siguen demostrando una puntería propia de un pulpo ciego en un garaje cerrado.
En la última década, el ritual previo a cualquier jornada electoral en los países democráticos se ha vuelto entrañablemente predecible: las consultoras publican sus infografías con aires de infalibilidad matemática, las tertulias políticas construyen castillos en el aire sobre esas cifras, los mercados financieros se ponen nerviosos y, finalmente, las urnas se abren para propinar una soberana bofetada a toda la profesión demoscópica.
El catálogo de patinazos recientes es tan abultado que cuesta elegir los mejores momentos, pero hay ciertos descalabros que merecen un lugar de honor en el salón de la fama del error sociológico. Y sin salir de nuestra querida Europa.
Empecemos este breve recorrido cruzando el Canal de la Mancha para visitar la Pérfida Albión, donde encontramos uno de los clásicos modernos en lo que a naufragios demoscópicos se refiere. Allá por 2017 regía los destinos del Reino Unido una señora llamada Theresa May. Desde su atalaya de Downing Street, la Primera Ministra miró las encuestas, vio una ventaja de más de 20 puntos sobre el laborista Jeremy Corbyn y pensó que convocar elecciones anticipadas sería un mero trámite para pulverizar a la oposición. Los gurús de la comunicación política aplaudieron la jugada maestra. La mayoría de las tradicionales encuestas telefónicas pronosticaron una marea azul tory que borraría al laborismo del mapa. ¿El desenlace? May logró la hazaña histórica de perder la mayoría absoluta que ya tenía, quedándose colgada en el parlamento y teniendo que mendigar el apoyo de los unionistas ultraconservadores norirlandeses para poder formar un gobierno agónico. Una lección magistral de cómo pegarse un tiro en el pie guiándose por un gráfico de barras.
Pero uno de los episodios más desternillantes en este certamen de Nostradamus fallidos ocurrió al sur de los Pirineos en el verano de 2023. Puede que les suene la historia. Durante meses, en España la narrativa de la «derogación del sanchismo» se vendió con la rotundidad de una verdad revelada y, con la excepción del estigmatizado CIS estatal —cuya alineación partidista generaba mofas diarias en la prensa de derechas—, y al calor de los resultados de las autonómicas y municipales previas, la abrumadora mayoría de los sondeos privados, atrapados entre llamadas telefónicas que nadie respondía y paneles web de voluntarios entusiastas, proclamaron que el Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo sumaría una holgada mayoría absoluta con Vox.
En esta fiesta de la adivinación patria brilló con luz propia Narciso Michavila y su consultora GAD3. Michavila, aclamado durante años por la prensa conservadora como el oráculo infalible del análisis electoral, se paseó por platós y micrófonos augurando no solo una victoria incontestable del PP rozando los 160 escaños, sino asegurando rotundamente que la suma de la derecha rebasaría la mayoría absoluta sin despeinarse. Su grado de convicción era tal que la misma noche electoral, a las ocho en punto, el sondeo a pie de urna de GAD3 para RTVE y Forta certificaba en pantalla 181 escaños para la alianza PP-VOX. El champán se enfriaba en la sede del Partido Popular en la calle Génova mientras la izquierda contenía la respiración. Sin embargo, el electorado progresista y las periferias autonómicas tenían otros planes para el domingo. Los conservadores ganaron, sí, pero la suma aritmética se quedó en unos raquíticos 170 diputados y la derecha se quedó con cara de póquer viendo cómo la realidad destrozaba el titular que el gurú Michavila ya les había maquetado.
También en 2023, en la aburrida Polonia, la ceguera demoscópica tuvo un momento de gloria. Las proyecciones aseguraban que el partido iliberal Ley y Justicia (PiS, algún día alguien tendría que explicarles a los polacos qué significan esas siglas en español) retendría el poder sin mayores despeines. Lo que los modelos sociológicos no lograron captar desde sus despachos fue que las mujeres y los jóvenes polacos estaban haciendo colas kilométricas para votar. La participación récord del 74,4% barrió los esquemas de los analistas y entregó una rotunda mayoría a la coalición liberal de Donald Tusk, dejando a las consultoras buscando explicaciones a toda prisa.
Y es que 2023 fue un annus horribilis para la demoscopia electoral del Viejo Continente. Porque no podemos olvidar el caso de Eslovaquia, que demuestra que, incluso en los sondeos a pie de urna donde teóricamente solo hay que preguntar a la gente en persona a la salida del colegio, el margen para el ridículo es infinito: las encuestas presenciales proclamaron victorioso al partido proeuropeo Progresívne Slovensko, pero la fiesta europeísta duró lo que tardaron en contarse los primeros sobres reales porque el populista prorruso Robert Fico no solo ganó, sino que le sacó casi cinco puntos de ventaja a su rival. Evidentemente, los votantes conservadores prefirieron mentir o pasar de largo ante el encuestador.
Y podemos terminar este tour del desastre demoscópico en la muy culta y refinada Francia en 2024. En las elecciones legislativas de ese año, tras la primera vuelta, los doctos analistas parisinos daban por hecho el advenimiento inminente de la extrema derecha de Jordan Bardella. Los gráficos de televisión mostraban una marea ultra que rozaba la mayoría absoluta con la misma firmeza con la que el Titanic avanzaba hacia el iceberg. Pero los encuestadores —confiados en sus paneles de internet casi al 100%— olvidaron un pequeño detalle de la idiosincrasia francesa: el deporte nacional no es la petanca ni el fútbol, sino el espíritu republicano en forma de cordón sanitario. En cuestión de días, las izquierdas y el centro se retiraron estratégicamente en decenas de circunscripciones para no dividirse y el resultado final fue una obra de arte del gatillazo demoscópico: el Nuevo Frente Popular (NFP) ganó las elecciones, el bloque de Macron resistió el envite y los supuestos vencedores absolutos terminaron relegados a un humillante tercer puesto.
Al analizar la trastienda de este laboratorio de desastres, queda claro que las culpas están equitativamente repartidas entre el viejo y el nuevo mundo metodológico. Por un lado, los modernos paneles de internet (CAWI) son responsables directos de cerca de la mitad de estos ridículos. Pecan de un sesgo endémico: la gente que se apunta voluntariamente a un panel online a cambio de pequeños incentivos suele estar desproporcionadamente hiperconectada, politizada y dispuesta a cambiar de opinión a última hora, desorientando a los algoritmos con su volatilidad urbana.
Por otro lado, los métodos tradicionales del teléfono (CATI) o la entrevista presencial cargan con la otra mitad de la penitencia, lastrados por una tasa de respuesta que agoniza por debajo del 10% —prácticamente ya solo contesta las llamadas de números desconocidos la gente mayor con mucho tiempo libre— y por el incombustible «voto avergonzado», ese fenómeno por el cual el votante de opciones más polarizantes se niega a confesar su papeleta a un desconocido con voz formal.
Así, los paneles de internet tienden a sobrestimar la marea del cambio y las modas urbanas, mientras que las llamadas telefónicas tradicionales se quedan atascadas en un bucle conservador y gerontocrático. Y cuando ambas metodologías tropiezan a la vez, el fallo ya no es de la pantalla ni del auricular, sino de los cocineros de la sociología intentando calcular a ojo la abstención del domingo.
Llegados a este punto, cabe preguntarse para qué se siguen pagando estos estudios. Las excusas habituales de la industria son tan creativas como sus pronósticos: que si la gente decide el voto en la cola del supermercado, que si la espiral del silencio hace que la gente mienta por teléfono, o que si ya nadie coge llamadas. Todo muy comprensible, desde luego.
Quizá sea momento de aceptar que la demoscopia política moderna se ha convertido en una disciplina más cercana a la astrología con gráficos de tartas que a la ciencia estadística. Las encuestas no reflejan lo que va a pasar; reflejan lo que la gente responde cuando un becario la llama a las tres de la tarde de un martes mientras ve la telenovela o cuando contesta un cuestionario web a cambio de puntos canjeables en Amazon. Hasta que los sociólogos encuentren la manera de codificar el impulso impredecible y pendenciero del ser humano, las encuestas seguirán sirviendo para lo mismo que han servido en la última década: para calmar momentáneamente la ansiedad de unos candidatos que, en la mayoría de los casos, no tienen dónde caerse muertos fuera del mundo de la política a no ser que sean altos funcionarios en excedencia (y, al fin y al cabo, los puestos libres en los consejos de administración no son tantos), llenar minutos de televisión con tertulianos vocingleros, vender humo a las sedes de los partidos y recordarnos que el electorado, cuando se lo propone, tiene un sentido del humor maravilloso.
Hilario Gómez es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología y desarrolla su actividad profesional en el Consejo Económico y Social de España

