Cuando el conflicto es la estrategia: así es como las cúpulas políticas convirtieron la democracia en una trinchera.

En ciertos sectores de la opinión pública existe la idea de que la crispación política que respiramos a diario en los medios y en las instituciones políticas representativas nace en la calle. Se argumenta que es el descontento de la ciudadanía el que se radicaliza y contamina a las instituciones, obligando a los representantes públicos a ponerse a la defensiva. Sin embargo, la investigación sociopolítica de los últimos años apunta justamente a lo contrario: la confrontación sistemática no surge desde abajo, sino que está minuciosamente diseñada desde la propia cúpula del poder.

Atrapados en la incapacidad de ofrecer respuestas reales a los grandes problemas de nuestra época, los partidos han encontrado en la llamada «polarización afectiva» —un término popularizado por investigadores como Shanto Iyengar— la fórmula perfecta para sobrevivir. La estrategia ya no consiste en debatir sobre sanidad, impuestos o vivienda, sino en activar el miedo y el rechazo hacia el rival político para garantizar un electorado fiel e irreflexivo.

 

El vaciamiento de la democracia: del Parlamento a los mercados

Para entender cómo hemos llegado a este escenario, conviene echar la vista atrás hacia el final del siglo XX. Tras la caída del bloque soviético, la implantación global del modelo neoliberal transformó de forma silenciosa pero profunda la estructura de los Estados.

 

El sociólogo británico Colin Crouch lo definió en 2004 con un término revelador: Posdemocracia. Crouch explicó cómo el poder real fue desplazándose progresivamente desde los parlamentos nacionales hacia los mercados financieros y las grandes corporaciones. Las elecciones, los debates y las instituciones representativas se mantuvieron intactos sobre el papel, pero perdieron su capacidad real para influir en la economía.

Thomas Piketty
Thomas Piketty

Unos años más tarde, el politólogo irlandés Peter Mair completó este diagnóstico en su obra Gobernando el vacío: La trivialización de la democracia occidental (2013). Al delegar las grandes decisiones macroeconómicas en organismos no electos como el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional, los parlamentos se quedaron sin margen de maniobra. Las formaciones de centroizquierda y centroderecha pasaron a gestionar políticas económicas prácticamente idénticas, dando lugar a lo que la filósofa Chantal Mouffe calificó en su libro En torno a lo político (2005) como un «consenso de centro». Al borrarse las diferencias ideológicas reales, se neutralizó el debate democrático legítimo y se dejó un terreno fértil para el desencanto.

 

La huida hacia la guerra cultural

Esta pérdida de soberanía coincidió con el impacto social de la globalización desregulada. Como argumentó el economista Dani Rodrik en La paradoja de la globalización (2011), es imposible mantener de forma simultánea una hiperglobalización económica, la soberanía nacional y una democracia real. La decisión de primar los mercados globales trajo consigo cierres industriales, precariedad laboral y el abandono de regiones enteras antaño prósperas.

El sociólogo Thomas Piketty en Capital e ideología (2019) analizó cómo esta brecha cambió el mapa electoral. Los partidos progresistas pasaron a representar a sectores con mayor nivel educativo (la «izquierda brahmánica»), mientras que la derecha representaba al capital (la «derecha mercantil»). Las clases trabajadoras más perjudicadas por la reconversión económica quedaron políticamente huérfanas. Y los partidos de ultraderecha y populistas, que supieron leer muy bien la situación, se aprovecharon de ello.

Mercadotecnia electoral
Mercadotecnia electoral

Frente al enorme desafío de plantar cara a los mercados globales para recuperar capacidad reguladora, la clase política optó por la vía sencilla: desplazar el debate hacia la batalla cultural y la identidad moral. Cuando el rival se convierte en un enemigo existencial, la gestión socioeconómica pasa a un segundo plano; lo crucial es infundir pánico sobre lo que ocurriría si gobierna el otro. Como señala la politóloga Lilliana Mason en Uncivil Agreement: How Politics Became Our Identity (2018), en la actualidad votamos menos por lo que necesitamos materialmente y mucho más por quiénes somos y a quién rechazamos.

 

España como laboratorio: del 15-M al choque identitario

Las dinámicas globales se reflejan con claridad en la política española reciente. Durante décadas, PSOE y PP compartieron el núcleo duro de las decisiones macroeconómicas bajo la lógica del «partido cártel» (volveremos sobre este concepto más adelante). El punto de inflexión llegó con la crisis de 2008 y, de forma muy simbólica, con la reforma del artículo 135 de la Constitución en 2011 para dar prioridad absoluta al pago de la deuda, una decisión acordada a instancias europeas.

 

De ese malestar ciudadano nació el movimiento 15-M y el posterior ascenso de Podemos, que intentó colocar de nuevo en el centro del debate la precariedad o la desigualdad. Sin embargo, la propia inercia del sistema terminó absorbiendo esa impugnación: en pocos años, la formación derivó hacia las batallas culturales, el hiperliderazgo y dinámicas internas que desgastaron su implantación electoral.

 

Por su parte, el procés en Cataluña funcionó como el ejemplo paradigmático del recurso a la identidad. Acosadas por las protestas sociales contra los recortes presupuestarios, las élites del nacionalismo catalán promovieron el pulso soberanista como herramienta de movilización, encontrando una respuesta simétrica en las instituciones del Estado y en la derecha española. En medio de ese cruce de acusaciones y banderas, problemas cotidianos como la sanidad, la educación o las infraestructuras quedaron fuera del foco principal.

 

En este contexto propicio para las posturas identitarias irrumpió VOX. Siguiendo el modelo de la ultraderecha europea, la formación articuló tanto la respuesta al independentismo como el descontento de sectores amenazados por los cambios sociales. Su aparición reconfiguró el panorama conservador, desplazando el eje de la discusión hacia un choque cultural constante que deja poco margen para el acuerdo institucional.

 

La profesionalización de las cúpulas y el peso de los algoritmos

Este fenómeno no se comprende sin examinar quiénes ocupan hoy los cargos públicos. Max Weber diferenció hace más de un siglo entre quienes viven «para» la política y quienes viven «de» la política en su obra La política como vocación (1919). Hoy predomina de forma casi absoluta esta última categoría.

 

Los politólogos Richard S. Katz y Peter Mair explicaron en 1995 cómo las organizaciones políticas se transformaron en «partidos cártel», dejando de funcionar como representantes de la sociedad civil frente al Estado y pasando a convertirse en agencias o apéndices del propio Estado frente a la sociedad, estructuras fuertemente subvencionadas por el Estado e impermeables al exterior. Sus direcciones se han poblado de perfiles cuya trayectoria se ha desarrollado íntegramente dentro del aparato del partido. Sin experiencia laboral ni bagaje fuera de la política, prima el corto plazo y el titular inmediato por encima de la capacidad de análisis o la pedagogía pública.

Soymas
Soymas

Este déficit se ve multiplicado por la comunicación en la era digital. En Los ingenieros del caos (2019), Giuliano da Empoli detalla cómo la mercadotecnia electoral utiliza algoritmos para detectar los miedos colectivos y bombardear a los usuarios con mensajes diseñados para generar indignación.

 

La estrategia política ya no busca sumar mayorías moderadas, sino mantener activada emocionalmente a la propia parroquia. El filósofo Byung-Chul Han advierte en Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia (2022) que la verdad de los hechos ha perdido peso frente a la eficacia de las emociones en redes sociales. La economía del impacto premia el exabrupto y castiga la deliberación sosegada, abriendo la puerta a campañas de desinformación que agrietan la convivencia.

 

La parálisis que sufren las instituciones representativas no es una casualidad ni un error del sistema: es el resultado de una estrategia en la que los actores principales obtienen rentabilidad política de la crispación mientras el poder decisorio se ejerce lejos del Parlamento. Si las instituciones representativas no logran volver a incidir en la realidad y mejorar la vida de los ciudadanos, el desapego hacia la democracia continuará creciendo.

 

Hilario Gómez es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología.

 

Para saber más…

  • Crouch, Colin (2004). Posdemocracia. Madrid: Taurus.
  • Da Empoli, Giuliano (2019). Los ingenieros del caos. Madrid: Línea de Sombra.
  • Han, Byung-Chul (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia. Barcelona: Taurus.
  • Iyengar, Shanto & Westwood, Sean J. (2015). Fear and Loathing across Party Lines: New Evidence on Group Polarization. American Journal of Political Science, 59(3), 690-707.
  • Katz, Richard S. & Mair, Peter (1995). Changing Models of Party Organization and Party Democracy: The Emergence of the Cartel Party. Party Politics, 1(1), 5-28.
  • Mair, Peter (2013). Gobernando el vacío: La trivialización de la democracia occidental. Madrid: Alianza Editorial.
  • Mason, Lilliana (2018). Uncivil Agreement: How Politics Became Our Identity. Chicago: University of Chicago Press.
  • Mouffe, Chantal (2005). En torno a lo político. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
  • Piketty, Thomas (2019). Capital e ideología. Barcelona: Deusto.
  • Rodrik, Dani (2011). La paradoja de la globalización. Barcelona: Antoni Bosch.
  • Weber, Max (1919 [2007]). El político y el científico. Madrid: Alianza Editorial.

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