El cuerpo que aún espera el invierno

Hay algo paradójico en la resistencia a la insulina. Se ha convertido en uno de los conceptos de moda en las redes sociales y conversaciones sobre salud, casi siempre acompañado de términos como ayuno intermitente, picos de glucemia o inflamación. Y, sin embargo, probablemente estemos hablando de un mecanismo biológico antiquísimo. Uno que, durante gran parte de la historia humana, no fue un problema, sino una ventaja. Porque durante cientos de miles de años, el gran desafío de nuestra especie fue sobrevivir a la escasez de alimentos. No había neveras llenas, ni supermercados abiertos doce horas al día, ni aplicaciones capaces de llevar calorías a domicilio en minutos. Había incertidumbre, periodos de abundancia relativa seguidos de épocas de escasez, inviernos, sequías, malas cosechas o migraciones en busca de nuevas oportunidades.

 

En ese contexto, ahorrar energía era la mejor estrategia. Los organismos capaces de almacenar grasa con facilidad y utilizar eficientemente los recursos disponibles tenían más probabilidades de sobrevivir y por tanto, de reproducirse y transmitir esa condición. Desde esa perspectiva, ciertas tendencias metabólicas que hoy asociamos con obesidad o diabetes quizá no fueron originalmente defectos, sino adaptaciones evolutivas.

Soymas
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En los años sesenta, el genetista James Neel formuló la hipótesis del genotipo ahorrador. Simplificando mucho, proponía que algunos seres humanos heredaron una mayor capacidad para almacenar energía porque eso suponía una ventaja en un entorno de escasez recurrente. La teoría sigue siendo debatida y probablemente es demasiado simple para explicar un fenómeno tan complejo, pero nos muestra que nuestro metabolismo no evolucionó para vivir rodeado de comida permanente. Y ahí empieza el problema. La agricultura cambió la historia humana, pero el verdadero terremoto metabólico llegó muchísimo después. De hecho, llegó hace apenas un instante en términos evolutivos.

 

La industrialización y los alimentos procesados cambiaron nuestro entorno rápidamente en pocas generaciones. Demasiado rápido para que la biología pudiera adaptarse. Nuestro cerebro y nuestro metabolismo siguen funcionando, en parte, como si el próximo periodo de escasez estuviera a la vuelta de la esquina. Pero casi nunca llega (por desgracia, hay a quienes sí).

 

Hoy muchas personas pasan más tiempo sentadas que caminando, comen varias veces al día sin sentir hambre fisiológica y viven tentadas continuamente por alimentos extremadamente altos en calorías y diseñados para estimular el consumo con ayuda de la publicidad: ¿a qué no puedes comer solo una?

 

¿Qué es realmente la resistencia a la insulina?

Y ahí empiezan a aparecer la hiperglucemia, la diabetes tipo 2, el hígado graso, la hipertensión, alteraciones lipídicas y, por tanto, un aumento del riesgo cardiovascular. Pero conviene hacer un matiz importante: la resistencia a la insulina no es únicamente un problema de azúcares. Es un fenómeno mucho más amplio relacionado con el tejido adiposo, inflamación crónica de bajo grado, masa muscular, sueño, estrés y sedentarismo. En este contexto se entiende el enorme interés que ha suscitado el ayuno intermitente. Desde un punto de vista evolutivo, tiene lógica. El organismo humano no fue diseñado para comer constantemente. Durante la mayor parte de nuestra historia, alternar periodos de alimentación y ayuno era lo normal. Por eso, reducir la frecuencia de ingestas o concentrarlas en una ventana horaria puede mejorar ciertos parámetros metabólicos en algunas personas.

 

Pero aquí también conviene no dejarse llevar por el entusiasmo. El ayuno intermitente no es magia metabólica. En muchos estudios, gran parte del beneficio parece explicarse simplemente porque ayuda a comer menos y ordenar hábitos. Además, no funciona igual en todo el mundo ni es adecuado para todas las personas. Quizá una de las cosas más interesantes de la resistencia a la insulina es que obliga a mirar más allá de la dieta. Dormimos menos y peor. Nos movemos menos. Vivimos bajo estrés crónico. Pasamos muchas horas bajo luz artificial. Alteramos ritmos circadianos. Comemos rápido y a menudo distraídos. Todo eso influye. El músculo, por ejemplo, es uno de los grandes consumidores de glucosa del organismo. Cuando disminuye la actividad física, disminuye también parte de nuestra capacidad metabólica para manejar energía. Y el estrés es un actor fundamental. El cortisol, la privación de sueño y la activación simpática mantenida, afectan de forma muy real al metabolismo.

 

A veces hablamos de la resistencia a la insulina como si fuera un fallo aislado del cuerpo, cuando quizá sea la respuesta esperable de un organismo sometido durante décadas a condiciones para las que no tuvo tiempo de evolucionar. Irónicamente, la humanidad resolvió uno de sus mayores problemas, como era la escasez de alimento. Y precisamente ese éxito abrió la puerta a otro problema completamente distinto. Nunca habíamos tenido tantas calorías disponibles y nunca habían existido tantas enfermedades relacionadas que están generando una epidemia silenciosa.

 

Muchas veces el entorno empuja exactamente en la dirección contraria a la biología humana: comida disponible, sedentarismo, recompensa inmediata y descanso insuficiente. Como si el cuerpo siguiera esperando el invierno… mientras nosotros vivimos permanentemente en verano metabólico.

 

Entonces, ¿qué hacemos? Probablemente desconfiar de soluciones milagro. Ni el ayuno intermitente es una cura universal, ni todos los carbohidratos son enemigos, ni existe una única dieta válida para todo el mundo. El metabolismo humano es demasiado complejo para reducirlo a eslóganes de redes sociales. Pero sí parece haber un consenso razonable en algunas cosas bastante poco revolucionarias: menos ultra procesados, más actividad física, preservar masa muscular, dormir mejor, reducir exceso calórico crónico y recuperar cierta relación natural con hambre y saciedad.

 

Curiosamente, muchas de las estrategias que hoy consideramos “biohacks” se parecen bastante a cómo vivió la humanidad durante casi toda su existencia. Acaso la resistencia a la insulina no sea solo un problema médico, quizá sea también una señal. Una forma en la que el cuerpo nos recuerda que la evolución funciona lentamente, mientras la civilización cambia a una velocidad vertiginosa. Porque en el fondo, el gran conflicto metabólico moderno no ocurre entre glucosa e insulina. Ocurre entre una biología moldeada por la escasez y un mundo construido alrededor de la abundancia (por desgracia, no para todos).

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