Introducción
Vivimos en una época paradójica. Nunca la ciencia produjo tanto conocimiento, nunca fue tan visible, nunca tuvo tanta capacidad de transformar la vida cotidiana. Y sin embargo, al mismo tiempo, nunca fue tan discutida, tan cuestionada, tan sospechada.
La desconfianza hacia la ciencia —hacia los expertos, hacia los datos, hacia aquello que durante décadas funcionó como garantía de verdad— se ha convertido en un fenómeno extendido, transversal, difícil de encasillar. No se trata simplemente de ignorancia ni de falta de educación. Tampoco puede explicarse únicamente por la circulación de información falsa. Algo más profundo está en juego.
Lo que propongo en este texto es pensar este fenómeno desde otro lugar: no sólo como un problema del conocimiento, sino como un problema del vínculo con el futuro. Y, en ese sentido, introducir un concepto que puede ayudarnos a entenderlo mejor: la neurodesesperanza.
Cuando el conocimiento deja de ofrecer refugio
Durante gran parte del siglo XX, la ciencia ocupó un lugar relativamente estable en la organización del mundo. No sólo producía explicaciones, sino que ofrecía una forma de previsibilidad. Podía haber errores, revisiones, incluso crisis, pero existía una confianza de base: la idea de que el conocimiento avanzaba, de que había un horizonte. Hoy ese horizonte parece más frágil.
Las crisis globales recientes —sanitarias, climáticas, económicas— no sólo han generado incertidumbre, sino que han erosionado algo más sutil: la expectativa de que el conocimiento pueda ordenar la experiencia. En ese contexto, la ciencia deja de ser un refugio y pasa a ser, para muchos, una fuente más de ambigüedad.
No es que los datos no existan. Es que pierden su capacidad de organizar sentido.
Neurodesesperanza: más allá de la depresión
La desesperanza ha sido tradicionalmente pensada como un componente de la depresión. Sin embargo, en los últimos años, desde la neurociencia y la psiquiatría, ha comenzado a delinearse como un fenómeno más amplio, que puede pensarse en términos de funcionamiento cerebral.
La neurodesesperanza no es simplemente “estar triste”. Es una alteración en la forma en que el cerebro procesa la expectativa de futuro.
Sabemos que los circuitos de recompensa —particularmente los sistemas dopaminérgicos mesolímbicos— están implicados en la anticipación de lo que vendrá. No se trata sólo de placer, sino de algo más básico: la capacidad de imaginar que algo valioso puede ocurrir.
Cuando estos sistemas funcionan de manera adecuada, permiten sostener proyectos, confiar en procesos, tolerar la incertidumbre. Pero cuando se alteran, lo que se compromete no es sólo el estado de ánimo, sino la relación con el tiempo. El futuro deja de ser una promesa y se convierte en algo opaco, indiferente o incluso amenazante.
En ese contexto, creer —en la ciencia, en los otros, en las instituciones— se vuelve más difícil.
La desconfianza como síntoma de época
Si pensamos la desconfianza hacia la ciencia desde este marco, aparece una hipótesis interesante: en muchos casos, no se trata de un rechazo racional de los datos, sino de una dificultad más profunda para investir de sentido aquello que esos datos proponen.
La ciencia, en tanto práctica, implica un acto de confianza diferida. Supone aceptar que otros saben algo que uno no sabe, y que ese saber tiene valor, incluso cuando no se comprende completamente. Supone también aceptar que el conocimiento es incompleto, provisorio, en construcción.
Todo eso requiere una cierta relación con la incertidumbre. Pero cuando la incertidumbre deja de ser tolerable —cuando se vuelve invasiva, desorganizante— la respuesta no suele ser más pensamiento crítico, sino lo contrario: la búsqueda de certezas rígidas, de explicaciones cerradas, de narrativas que tranquilicen.
En ese sentido, muchas formas contemporáneas de incredulidad no son tanto una negación del conocimiento como una defensa frente a la angustia que genera no poder sostenerlo.
Dos modos de la incredulidad: jóvenes y adultos mayores
Este fenómeno, sin embargo, no se presenta de la misma manera en todas las edades. Si bien la desconfianza es transversal, sus formas cambian según el momento del ciclo vital.
En los jóvenes, la incredulidad suele inscribirse en un contexto de sobreexposición. Nunca antes una generación estuvo tan expuesta a tanta información, tan rápidamente, desde tantas fuentes distintas. Pero esa abundancia no necesariamente produce mayor comprensión. Al contrario, muchas veces genera una dificultad para jerarquizar, para discriminar, para construir criterios.
En ese escenario, todas las voces pueden parecer equivalentes. El experto pierde su lugar diferencial. La autoridad se diluye. A esto se suma un elemento propio del desarrollo: la construcción de la identidad. Cuestionar lo establecido, poner en duda lo que viene dado, es parte del proceso de individuación. En ese sentido, la desconfianza puede tener, en los jóvenes, una dimensión afirmativa, incluso creativa.
Pero cuando se combina con una fragilidad en la expectativa de futuro —cuando el porvenir aparece incierto, amenazante o carente de sentido— esa actitud crítica puede desplazarse hacia formas más rígidas, más desconfiadas, menos abiertas al intercambio.
En los adultos mayores, en cambio, la situación es diferente. Allí, la desconfianza no surge de la sobreexposición, sino muchas veces de lo contrario: de la dificultad para procesar un mundo que cambia demasiado rápido. Quienes se formaron en contextos donde la ciencia tenía un lugar claro, relativamente estable, pueden experimentar las transformaciones actuales como una pérdida de referencias. Las recomendaciones cambian, los discursos se contradicen, las certezas se vuelven provisorias.
Lo que para un joven puede ser parte del paisaje, para un adulto mayor puede vivirse como desorientación.
A esto se agregan los cambios propios del envejecimiento: una menor flexibilidad cognitiva, una mayor tendencia a sostener esquemas previos, una mayor vulnerabilidad frente a la incertidumbre. En ese contexto, la desconfianza puede funcionar como una forma de defensa: una manera de preservar coherencia frente a un entorno que ya no se comprende del todo.
Entre el escepticismo y la ruptura del lazo
Es importante, sin embargo, no patologizar de manera indiscriminada este fenómeno. No toda desconfianza es problemática. El escepticismo forma parte del pensamiento crítico y es, de hecho, un motor del propio desarrollo científico. La cuestión es cuándo esa desconfianza deja de ser una herramienta y se convierte en un obstáculo. Cuando ya no abre preguntas, sino que las clausura. Cuando no permite pensar, sino que fija posiciones.
En esos casos, la incredulidad puede empezar a parecerse a otras formas de funcionamiento más rígidas, incluso cercanas a lo paranoide, donde lo que está en juego no es tanto el contenido de la creencia, sino la imposibilidad de ponerla en diálogo. Desde el punto de vista clínico, esto es particularmente relevante. Porque lo que se deteriora no es sólo la relación con el conocimiento, sino el lazo con los otros. La ciencia, en última instancia, es una práctica colectiva. Desconfiar de ella puede ser, también, una forma de desconfiar del otro.
Recuperar la posibilidad de creer
Tal vez una de las preguntas más importantes hoy no sea cómo combatir la desinformación, sino cómo recuperar la posibilidad de creer. Creer no en el sentido de aceptar sin cuestionar, sino en el sentido de poder investir algo de valor, de poder suponer que hay un saber que vale la pena, que puede orientarnos, que puede sostener un proyecto.
Esto no es sólo un problema educativo. Es también un problema afectivo, vincular y, en última instancia, neurobiológico. Si la neurodesesperanza implica una dificultad para imaginar un futuro con sentido, entonces cualquier intento de restituir la confianza —en la ciencia, en los otros, en las instituciones— pasa también por trabajar sobre esa dimensión.
No se trata únicamente de ofrecer mejores datos, sino de reconstruir las condiciones para que esos datos puedan ser recibidos.
Conclusión
La desconfianza contemporánea hacia la ciencia no es un fenómeno simple ni unívoco. Es, en muchos sentidos, un síntoma de época que refleja transformaciones profundas en la manera en que nos relacionamos con el conocimiento, con la autoridad y con el futuro.
Pensarla en articulación con la neurodesesperanza permite desplazar la mirada desde el déficit hacia la comprensión. Nos invita a preguntarnos no sólo por lo que las personas creen, sino por qué, en determinados contextos, creer se vuelve tan difícil.
Y quizás ahí, en esa dificultad, se juegue algo central de nuestro tiempo





