¿Tiene sentido seguir intentando comprender el universo?

Hay una pregunta que me acompaña últimamente y a la que no sé responder con seguridad: ¿Tiene sentido seguir intentando comprender el universo sabiendo que probablemente nunca llegaremos a entenderlo del todo?

 

La ciencia ha avanzado a través de grandes construcciones teóricas que, casi siempre, han resultado ser provisionales. Newton describió la gravedad con una elegancia que nos permitió levantar puentes, calcular órbitas, poner satélites en órbita y construir buena parte de la ingeniería moderna. Su teoría funcionaba extraordinariamente bien… hasta que dejó de hacerlo.

 

Einstein no vino a negarla, sino a ampliarla. La reinterpretó como una curvatura del espacio-tiempo, es decir, pura geometría, arrinconando el concepto de fuerza.

¿Tiene sentido seguir intentando comprender el universo?

Y, aun así, tampoco parece ser la última palabra. Hay regiones del universo -los agujeros negros y la singularidad del origen del cosmos- donde la relatividad y la mecánica cuántica dejan de encajar, siendo esta última la teoría más precisa jamás construida. Con ella nació el mundo digital, los láseres, los transistores, la resonancia magnética, los paneles solares … Sin ella, nuestra vida cotidiana no existiría tal como la conocemos.

 

Y, sin embargo, nadie puede decir con tranquilidad que la entendamos del todo. Funciona, pero no sabemos su significado último. Así que nos encontramos en una situación curiosa: construimos tecnologías extraordinarias a partir de teorías que sabemos incompletas. Y eso lleva inevitablemente a una duda más general. Si nunca llegaremos a comprender completamente el universo, ¿tiene sentido seguir intentándolo?

 

Podría parecer que no, porque el margen de ignorancia es inmenso. No solo desconocemos muchas cosas, sino que desconocemos incluso qué cosas desconocemos. Materia oscura, energía oscura, el origen del tiempo, la naturaleza de la consciencia, la posibilidad de otros universos, la estructura última de la realidad …

Soymas
Soymas

Y, sin embargo, la historia de la ciencia sugiere algo distinto. Cada vez que hemos avanzado, no hemos cerrado preguntas, las hemos multiplicado. Newton no eliminó el misterio de la gravedad, lo reformuló. Einstein no resolvió el problema del universo. Lo amplió. Y es probable que cualquier teoría futura haga lo mismo. El conocimiento no reduce el territorio de lo desconocido, lo reorganiza. Es como si la isla de lo que sabemos creciera, pero con cada expansión aumentara también la longitud de su costa. Y esa costa es precisamente la frontera que nos separa de lo que aún no entendemos.

 

Durante mucho tiempo pensé que el objetivo de la ciencia era encontrar respuestas. Hoy creo que también es aprender a formular mejores preguntas. Porque hay algo que no solemos tener en cuenta. El valor del conocimiento no está únicamente en el resultado, sino en lo que nos transforma mientras lo buscamos. Yo no me acerco a la física porque espere resolver la gravedad cuántica o cerrar el mapa del universo. Me acerco porque cambia la forma en que miro el mundo. Después de entender un poco de relatividad o de mecánica cuántica, el cielo nocturno ya no es el mismo. Tampoco lo es una piedra, un árbol o una simple taza de café. Todo queda inscrito en una historia más larga, más extraña y antigua de lo que la intuición sugiere. Y eso ya es una forma de conocimiento.

 

Podríamos decir que, en términos cósmicos, nuestra existencia es insignificante. Y tendríamos razón… si el tamaño fuera el criterio de importancia. Pero no lo es. Hasta donde sabemos, el universo ha tardado miles de millones de años en producir seres capaces de preguntarse por él. Puede que seamos pequeños, puede que nuestra vida sea breve. Pero somos, al menos por ahora, el lugar donde el universo ha empezado a pensarse a sí mismo. Y eso cambia la perspectiva. Quizá la pregunta, entonces, no es si tiene sentido llegar al final del conocimiento. Probablemente no lo tenga.

 

La pregunta es otra … ¿En qué tipo de personas nos convierte el hecho de seguir intentándolo? Y esa respuesta, al menos en mi caso, es suficiente. No seguimos preguntando porque esperemos cerrar el misterio. Seguimos preguntando porque, mientras lo hacemos, el mundo -y nosotros con él- deja de ser exactamente el mismo.

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