¿Qué significa realmente desaparecer?

Durante siglos nos hemos hecho la misma pregunta: ¿qué queda de nosotros cuando morimos? La intuición tradicional suele ofrecer dos respuestas sencillas. O algo persiste -un alma, una conciencia, algún tipo de continuidad- o bien todo desaparece por completo. La física moderna no ha confirmado ninguna de las dos. Y lo más sorprendente es que algunas de las pistas más interesantes no aparecen en el estudio de la muerte, sino en el de los agujeros negros.

 

Durante décadas se pensó que todo lo que cruzaba el horizonte de sucesos -la frontera a partir de la cual ni siquiera la luz puede escapar- quedaba condenado a desaparecer para siempre. Un agujero negro representaba el final absoluto. Pero apareció un problema. La mecánica cuántica, nuestro marco más preciso para describir la naturaleza, sostiene que la información no puede destruirse completamente. Y, sin embargo, los agujeros negros parecían hacer exactamente eso. La pregunta resultó inquietante: ¿el universo sabe olvidar?

 

Algunos físicos, entre ellos Leonard Susskind, defendieron que la información debía conservarse de alguna manera. Más tarde surgieron ideas como el principio holográfico, según el cual toda la información contenida en un volumen de espacio podría describirse desde su superficie. Si el universo conserva la información, entonces la pregunta cambia. Ya no se trata únicamente de preguntarnos qué ocurre después de la muerte. La pregunta pasa a ser otra: ¿Qué significa realmente desaparecer?

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Lo que sugiere es algo más modesto y, quizá precisamente por ello, más fascinante: el universo evoluciona sin borrar completamente su pasado. Cada interacción deja una huella. El problema es que esas huellas se dispersan. Los físicos hablan de scrambling: una mezcla tan profunda de la información que recuperarla exigiría controlar prácticamente todas las partículas del universo. Una gota de tinta vertida en el océano no desaparece. Sus moléculas siguen existiendo. Pero la forma de la gota se pierde para siempre. No hay aniquilación absoluta, pero tampoco permanencia reconocible.

 

Hace tiempo observé cómo una familia esparcía las cenizas de un ser querido en el mar. Todos sabían que aquella persona ya no estaba allí. Y, sin embargo, había algo profundamente simbólico en aquel gesto. Las cenizas se mezclaban con el agua. El agua seguiría su viaje impulsada por las corrientes. Los átomos que durante años habían formado parte de un cuerpo pasarían a formar parte de otras historias. Nada permanecía igual, pero tampoco desaparecía completamente. Quizá por eso nos cuesta tanto pensar en los finales. La naturaleza parece preferir las transformaciones a las desapariciones. 

 

Existe una imagen muy antigua que aparece una y otra vez en distintas tradiciones filosóficas y religiosas: la de la gota de agua que cae en el océano. La gota deja de ser gota, pero no deja de ser agua. Algunas corrientes del hinduismo utilizaron esta metáfora para expresar el retorno del individuo a una realidad más amplia. El budismo recurrió a imágenes similares para hablar de la disolución del yo. También ciertos místicos occidentales vieron en ella una forma de describir la unión con algo que nos trasciende, la supraconciencia.

La física no dice nada de eso. No habla de una conciencia universal ni de un océano espiritual al que regresamos.  Pero resulta llamativo que una intuición tan antigua reaparezca, aunque sea de una forma mucho más sobria, cuando la física contemporánea se pregunta qué significa realmente desaparecer. Quizá la gota no sobreviva. Tal vez el océano tampoco recuerde que existió. Pero eso no significa que la gota nunca hubiera formado parte del agua. Las hojas caen y se convierten en suelo. Las estrellas explotan y sus restos terminan formando nuevos sistemas planetarios. El agua del océano asciende al cielo y regresa convertida en lluvia. Incluso nuestro propio cuerpo está construido con átomos forjados en estrellas que murieron mucho antes de que existiera la Tierra.

 

Por supuesto, sería un error convertir estas ideas en respuestas sobre el alma o la vida después de la muerte. La física no está diciendo nada de eso. Tampoco sabemos qué es exactamente la conciencia. Sabemos que el cerebro procesa información, pero afirmar que la conciencia es información sigue siendo una hipótesis abierta. El filósofo David Chalmers llamó a este enigma el «problema difícil de la conciencia», y el nombre continúa siendo apropiado. ¿Por qué determinados procesos físicos van acompañados de experiencia subjetiva? ¿Por qué hay algo que se siente al estar vivo? Todavía no lo sabemos. Algunos modelos teóricos incluso han sugerido que un agujero negro podría no ser un final absoluto. En determinadas teorías aparecen los llamados agujeros blancos, objetos hipotéticos que expulsarían materia e información. Tal vez no existan, pero según las ecuaciones podrían hacerlo.

Quizá estas ideas desaparezcan dentro de unos años, pero resultan interesantes porque vuelven a plantear la misma pregunta.

David Chalmers

¿Qué significa realmente desaparecer? 

La conservación de la información no implica supervivencia personal. No garantiza memoria. No garantiza conciencia. Pero sí sugiere que cada vida modifica irreversiblemente el estado del universo. Si cada pensamiento, cada conversación y cada decisión alteran, aunque sea mínimamente, la historia física de la realidad, entonces ninguna vida es un episodio trivial. No somos visitantes que atraviesan un escenario indiferente. Somos procesos mediante los cuales el propio universo se reorganiza. Durante siglos imaginamos únicamente dos destinos posibles: persistir o desaparecer. La física contemporánea empieza a insinuar una tercera posibilidad, mucho más incómoda y, precisamente por ello, más interesante: nada se borra completamente, pero casi todo acaba volviéndose irreconocible.

 

No es una idea destinada a consolarnos. De hecho, quizá resulte menos tranquilizadora que cualquiera de las respuestas tradicionales. Pero tampoco nos reduce a un simple paréntesis sin consecuencias. Cada vida modifica, aunque sea de manera imperceptible, el estado del universo. Cada pensamiento, cada conversación y cada decisión alteran una realidad que ya nunca volverá a ser exactamente la misma. Tal vez por eso la pregunta importante no sea qué ocurre cuando morimos. Quizá la pregunta anterior sea otra.

 

¿Qué es exactamente aquello que, ahora mismo, está teniendo la experiencia de estar vivo?  Mientras no sepamos responderla, seguirán abiertas tanto la pregunta por la conciencia como la pregunta por la muerte. Y quizá eso no sea una limitación de nuestro conocimiento, sino una invitación a la humildad. Porque tal vez no seamos algo que aparece brevemente en el universo para desaparecer después.

 

Parafraseando a Carl Sagan, quizá seamos la forma mediante la cual el universo aprende, durante un instante, a sentir que existe. Y mientras no comprendamos qué significa estar vivos, probablemente tampoco sabremos del todo qué significa desaparecer.

 

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