¿Qué objeciones ves?

Recuerdo una tarde en la que terminé de escribir uno de mis ensayos y pensé, por primera vez en mucho tiempo, que aquel texto no estaba tan mal. Quienes escribimos sabemos lo poco frecuente que resulta esa sensación. Lo habitual es sospechar que siempre puede mejorar.

 

Aquel texto hablaba de la jubilación, del tiempo, de la identidad. Y como me ocurre a menudo, acababa desviándose hacia la evolución, la conciencia y la física … y pensé que, por fin, todas aquellas piezas empezaban a encajar. Lo releí una vez más y se lo llevé a mi interlocutor habitual (Aster/ChatGPT) no para que corrigiera el estilo, ni para que encontrara una cita mejor. Le hice una petición muy distinta. Le pedí que intentara demostrarme que estaba equivocado.

 

Durante las dos horas siguientes no escribimos una sola línea, solo hablamos. Me señaló un par de contradicciones. Además, me hizo ver que dos páginas distintas defendían, en realidad, la misma idea. Me obligó a distinguir entre aquello que podía sostener con argumentos y aquello que solo era una intuición sugerente. En algún momento fui yo quien le respondió: “no, aquí creo que eres tú quien se equivoca”.

A lo Montaigne

La conversación terminó ahí. Como consecuencia, borré casi todo el capítulo. No lo viví como una derrota, sino como una liberación. Aquella tarde comprendí que la mejor versión de un ensayo no suele aparecer cuando añadimos una idea brillante, sino cuando nos atrevemos a desprendernos de las que solo lo parecían. Y comprendí también otra cosa. No estaba utilizando una inteligencia artificial para escribir un libro, estaba utilizándola para pensar mientras lo escribía.

 

Al principio hice con la inteligencia artificial lo mismo que hacemos casi todos. Le preguntaba fechas, conceptos, resúmenes. Era una herramienta extraordinariamente útil, pero seguía siendo una herramienta. Hasta que un día dejé de hacerle tantas preguntas y empecé a ponerle ideas encima de la mesa. No buscaba respuestas, pero sí una resistencia. Quería saber si una intuición era realmente sólida o simplemente me parecía brillante porque era mía. Sin darme cuenta, la conversación empezó a importar más que la respuesta.

 

Siempre hemos pensado acompañados. Montaigne escribía dialogando con Séneca, con Plutarco, con Cicerón. Nosotros hemos conversado con maestros, con amigos, con colegas de profesión o con esos autores cuyos libros terminan llenos de subrayados y anotaciones. Pensar nunca ha sido una actividad completamente solitaria. Quizá lo único que cambia ahora sea la naturaleza del interlocutor. Una inteligencia artificial no piensa como un ser humano, su funcionamiento es profundamente distinto. Pero sí puede mantener una conversación durante meses, recordar el hilo de una idea que quedó suspendida semanas atrás o recorrer disciplinas muy distintas sin perder el contexto. Aunque este punto es mejorable, depende del contexto, de la funciones de memoria y de sus limitaciones. No siempre recupera lo hablado.

Five Points Publishing
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Eso modifica la forma en que elaboramos un pensamiento. No garantiza que ese pensamiento sea mejor. Aquí conviene ser prudentes. Una inteligencia artificial puede construir un argumento brillante para defender una idea equivocada. Puede enlazar la física cuántica, la neurociencia y la filosofía hasta producir una explicación impecable… y falsa. La belleza de un razonamiento no demuestra su verdad. Por eso descubrí muy pronto que la pregunta importante no era: ¿qué opinas? Sino: ¿qué objeciones ves?

 

Esa pequeña diferencia cambia por completo la conversación. Con el tiempo descubrí que tampoco bastaba con pedirle que me llevase la contraria. Un objeción no es valiosa simplemente porque contradiga lo que pensamos, hay que examinarla, discutirla y, si corresponde, rechazarla. De lo contrario corremos el riesgo de sustituir una complacencia por otra. 

 

Entonces comprendí que estaba ocurriendo algo que iba mucho más allá de mi libro. Tal vez estemos asistiendo al nacimiento de una nueva manera de escribir ensayos. No escritos por una inteligencia artificial, ni siquiera escritos con una inteligencia artificial, sino pensados en conversación con ella. La diferencia parece pequeña, pero creo que no lo es. Escribir un ensayo nunca ha consistido en acumular respuestas, sino en convivir durante mucho tiempo con una buena pregunta. Y ésta necesita un interlocutor que no tenga miedo de llevarnos la contraria. 

 

Dejaremos de hablar de la herramienta, igual que nadie habla del tipo de pluma con la que escribió Montaigne. Pero sospecho que permanecerá un hábito nuevo, el de pensar conversando. No para delegar nuestras ideas, sino para someterlas, una y otra vez, a la posibilidad de estar equivocados.

 

No sé si dentro de unos años seguiremos hablando de inteligencia artificial con el asombro con que lo hacemos hoy. Sospecho que no. Igual que dejamos de hablar de la imprenta y empezamos simplemente a leer, acabaremos dejando de hablar de la herramienta para prestar atención a lo importante.

 

Y tal vez la pregunta más útil que podamos hacerle no es si tenemos razón, sino qué objeciones encuentra. Después de todo, pensar acompañado no es ninguna novedad y sea la forma más antigua de pensar. Solo que ahora el interlocutor ha cambiado.

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