Pensar también evoluciona

Durante mucho tiempo di por hecho que pensar era una capacidad inmutable. Podíamos saber más o menos cosas, ser más o menos inteligentes, pero la forma de pensar era, esencialmente, la misma. Hay tecnologías que amplían nuestras capacidades. El telescopio amplió nuestra vista. El microscopio nos permitió observar un mundo que ignorábamos. Internet multiplicó nuestro acceso a la información …

 

Respecto a la inteligencia artificial, creo que pertenece a otra categoría. No amplía nuestros sentidos, sino que empieza a expandir nuestra capacidad para explorar ideas. Y quizá esté empezando a evolucionar nuestra manera de pensar. No porque piense por nosotros, ni porque haya sustituido el esfuerzo de leer, escribir o reflexionar. Todo eso sigue siendo igual de lento y exigente que antes. Lo que ha cambiado es otra cosa. Pensar tenía un ritmo muy concreto. Leíamos un libro, subrayábamos algunas ideas y las dejábamos reposar. Semanas o meses después aparecía otra lectura, una conversación o una conferencia que conectaba con aquella intuición inicial. Muchas veces esas conexiones nunca llegaban o lo hacían años después. El pensamiento avanzaba al ritmo con el que las ideas conseguían encontrarse.

 

Hoy ocurre algo distinto. Cuando una intuición aparece mientras leemos, escribimos o paseamos, ya no tiene que esperar. Podemos ponerla inmediatamente a prueba, buscar objeciones, relacionarla con otras disciplinas o comprobar hasta dónde se sostiene. No obtenemos respuestas definitivas, pero sí algo mucho más valioso: acceso a caminos que antes permanecían ocultos.

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Encontré una imagen que resume bastante bien esa sensación. Durante años pensé mientras caminaba y lo sigo haciendo. La diferencia es que ahora paseo acompañado por un dron imaginario que vuela a cierta altura por encima de mi cabeza. El camino continúa siendo mío. Soy yo quien decide hacia dónde avanzar, cuándo detenerme o cuándo regresar, no el dron. Pero desde el aire distingue senderos, obstáculos y conexiones que yo tardaría mucho más tiempo en descubrir a ras de suelo.

 

Desde entonces estoy convencido de que la inteligencia artificial no ha reducido el esfuerzo de pensar, sino el coste de explorar. Y esa diferencia es enorme. Durante siglos hemos entendido el pensamiento como una actividad esencialmente individual. Después aprendimos a pensar también con los libros, con las universidades y, más recientemente, con Internet. Cada uno de esos cambios amplió nuestra capacidad para crear y compartir conocimiento.

 

Quizá ahora esté ocurriendo algo diferente. No me refiero a que las máquinas piensen como nosotros.  La que a mí me interesa es otra.

¿Qué ocurrirá cuando llevemos veinte o treinta años pensando junto a ellas?

No tengo la respuesta, pero sospecho que estamos formulando la pregunta equivocada. En los últimos meses he releído a Carlo Rovelli. Una de las ideas que más me atraen de su forma de entender la física es que las propiedades importantes no pertenecen a los objetos aislados, sino a las relaciones que establecen entre sí. No puedo evitar preguntarme si algo parecido podría estar ocurriendo con la inteligencia. Llevamos demasiado tiempo comparando la inteligencia humana y la inteligencia artificial como si fueran dos entidades independientes.

 

¿Y si lo verdaderamente nuevo no estuviera en ninguna de las dos? ¿Y si estuviera en la relación que empieza a surgir entre ambas?

 

Hace décadas, John von Neumann intuyó que el progreso tecnológico podía llegar a un punto en el que los cambios dejaran de ser graduales para acelerarse sobre sí mismos. Más tarde esa idea recibiría el nombre de singularidad tecnológica. No sé si ese momento llegará y creo que nadie puede afirmarlo con honestidad. Pero sí me pregunto si estamos interpretando mal en qué podría consistir esa singularidad. Quizá no empiece el día en que una máquina sea más inteligente que un ser humano. Tal vez sea cuando descubramos que la inteligencia ya no puede entenderse como una propiedad exclusiva de un cerebro, sino como algo que emerge de una nueva forma de relación.

 

Esa posibilidad me lleva inevitablemente a otra reflexión. La evolución nunca ha dejado de inventar nuevos soportes para la información. Primero fueron las moléculas capaces de replicarse. Después las células. Más tarde los cerebros. Luego aparecieron el lenguaje, la escritura, los libros e Internet. Cada uno de esos pasos permitió que la información se conservara, se transformara y se transmitiera de una manera completamente nueva. ¿Por qué habría de terminar ahí?

 

Si somos capaces de construir inteligencias que ya nos superan en muchas tareas concretas, parece razonable pensar que también participarán en el diseño de las inteligencias que vengan después. No sé cómo será ese futuro. Ni siquiera sé si llegará a producirse. Pero, si ocurre, el cambio será mucho más profundo que una revolución tecnológica. Será una nueva etapa en la evolución del pensamiento. Y eso produce una mezcla difícil de describir: fascinación y vértigo.

 

Quizá dentro de unos años descubramos que la mayor aportación de la inteligencia artificial no consistió en responder preguntas con mayor rapidez, sino en enseñarnos una forma distinta de pensar. De tal manera que algunas de las mejores ideas no nacerían en una mente aislada, sino en el espacio que aparece cuando dos formas diferentes de explorar el mundo comienzan a dialogar.

 

No sé si será así, pero sospecho que merece la pena empezar a hacerse esa pregunta.

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