Escuché por primera vez a King Crimson por culpa de una prima mía que también me introdujo a los Beatles allá cuando yo tenía unos 12 años, y me quedé fascinado a primera vista por esa joya de la historia de la música llamada In the Court of the Crimson King y por los igualmente fantásticos discos que le siguieron. Quedé enganchado por la increíble intensidad de este grupo que alternaba las guitarras y las percusiones más contundentes con las melodías de los vientos y las cuerdas más refinadas. Y esa portada fabulosa con la cara del supuestamente esquizofrénico, que inmediatamente pasó también a ser una de las más reconocidas e inolvidables del mundo del rock. ¿Cómo ese grupo de melenudos podría pasar de golpearnos con el martillo de 21st Century Schizoid Man a elevarnos hasta hacernos flotar con las delicadas melodías de su álbum Island?
Todo empieza en Londres, en enero de 1969, con un guitarrista metódico y obsesivo, Robert Fripp, rodeado de gente que podía tocar casi cualquier cosa: Greg Lake, Ian McDonald, Michael Giles y Peter Sinfield, que no tocaba nada pero escribía las letras y se encargaba de la luz. Todos ellos menos Robert Fripp abandonarían el grupo pronto y se harían famosos con diferentes formaciones, pero de momento en julio ya estaban abriendo para los Rolling Stones en Hyde Park, ante un público de cientos de miles de personas. En octubre publicaron In the Court of the Crimson King.
Hay discos que parecen de otro planeta y este es uno. 21st Century Schizoid Man abre con un riff distorsionado y una furia que sigue sonando peligrosa, y a continuación el disco se vuelve pastoral, casi litúrgico, con el Mellotron llenándolo todo en Epitaph y en la canción que da título al álbum. Y la portada, ese rostro aterrorizado pintado por Barry Godber, que murió a los 24 años de un ataque al corazón muy poco después del lanzamiento del disco, es de las imágenes más inquietantes del rock.
A finales de 1969, tras una gira por Estados Unidos, se marcharon McDonald y Giles, y Lake se fue a fundar Emerson, Lake & Palmer. Desde entonces King Crimson fue, en la práctica, Fripp y quien estuviera a su alrededor. Entre 1970 y 1971, con diversos músicos, lanzaron In the Wake of Poseidon, Lizard e Islands, discos que alternan piezas experimentales con maravillas del llamado rock progresivo y piezas que recuerdan la música de cámara y que alternan instrumentos electrónicos con viento y cuerdas de manera magistral.
En 1972 Fripp reconstruye el grupo con John Wetton al bajo y la voz, Bill Bruford a la batería (que dejó Yes en plena cima, algo muy poco habitual), el violinista David Cross y el percusionista Jamie Muir, que tocaba objetos imposibles y que, tras un solo disco, se retiró a un monasterio budista. El resultado es Larks’ Tongues in Aspic (1973), donde el grupo se vuelve más rítmico, más metálico, más impredecible. Después vienen Starless and Bible Black (1974), que toma el título de una frase de Dylan Thomas, y Red (1974). Son tres joyas imprescindibles de la historia de la música con múltiples temas que son auténticas obras maestras por las que muchos grupos famosos darían dientes por tenerlas en sus repertorios. Fripp disolvió la banda en septiembre de 1974, antes de que saliera Red. Con tres personas en el estudio y la sensación de estar ante el final, grabaron un disco áspero, lleno de tensión, que cierra con Starless, una de las piezas más sobrecogedoras que conozco. Ese cierre me parece un ejemplo de cómo se puede acabar una etapa sin traicionarse.
Después de siete años de silencio, en 1981, Fripp volvió con una banda que no se parecía a nada de lo anterior: Adrian Belew a la guitarra y la voz (venía de Zappa y de Talking Heads), el calvo y ubicuo Tony Levin al bajo, y Bill Bruford de nuevo en la batería. Al principio querían llamarse Discipline, y así se titula el disco de 1981. Pero tenían claro que aquello era King Crimson con otro lenguaje: guitarras entrelazadas como un mecanismo de relojería, patrones minimalistas, y Belew imitando elefantes con la guitarra en Elephant Talk.
Hubo dos discos más, Beat (1982), inspirado en la generación beat y en Kerouac, y Three of a Perfect Pair (1984), tras el cual Fripp volvió a parar la máquina. Mucho purista de los setenta los mira por encima del hombro, pero a mí esta etapa me parece una de las reinvenciones más valientes del rock. Aunque no estaban a la prodigiosa altura de los anteriores, ¿quién puede mantener ese nivel de creatividad durante tanto tiempo? Hubo más discos de estudio, aunque no me han interesado tanto, y poco después se disolvió el grupo de nuevo.
Y llegamos a lo que me parece casi un milagro tardío. En 2016 de repente veo que King Crimson anuncia un concierto en Madrid :O
King Crimson salió de nuevo a los escenarios con una alineación de siete músicos y tres espectaculares baterías colocadas en primera línea, delante de todo: Pat Mastelotto, Gavin Harrison y Jeremy Stacey. Con Fripp sentado al fondo, a su manera, junto a Tony Levin, Mel Collins al saxo y Jakko Jakszyk a la voz y la guitarra, tocaron material de todas las épocas, sobre todo de los años setenta, desde 21st Century Schizoid Man, y Larks’ Tongues in Aspic hasta Starless y otros clásicos de los primeros discos.
Fripp ha defendido siempre una relación casi ritual con el público: nada de móviles, nada de fotos, solo música. Se convirtió en una de las marcas de estos últimos conciertos, que se ejecutaban en teatros cerrados y con todo el público sentado y absolutamente concentrado. Los vídeos que están disponibles en Youtube captan esa intensidad. La última gira acabó cerrándose en Japón en 2021, con aire de despedida. Para mí fue el mejor final posible: una banda de gente mayor tocando como si la música fuera lo único que importa. El concierto de Madrid fué intenso, emocionante hasta ponerte los pelos de punta, por la calidad de los músicos, del repertorio, pero también por los recuerdos que la música nos traía, recuerdos de hace 50 años. Me emocionó también ver no solo boomers sino mucha gente joven entusiasmada. Jóvenes que supongo habrán oido de King Crimson a través de sus padres. O quizá a través de otras fuentes que me gustaría conocer.
Si has llegado hasta aquí leyendo este artículo, te mereces ver el vídeo de arriba. Es la interpretación de Starless en el último concierto de King Crimson, que tuvo lugar en Japón. Starless te mece suavemente, te pone en tensión, te agita, te sube la tensión, te crees que eso va a explotar ya pero no, te sube la tensión más todavía, te lleva al caos, cuando crees que eso no tiene ya remedio y cuando menos te lo esperas te devuelve a un remanso de paz y se acaba cuando estás pidiendo más. Así es Starless y así es King Crimson.
Después de una de las interpretaciones más emocionantes que he visto en mi vida, el público y los músicos se brindan respeto mutuamente. Fripp sale a despedirse, ya para siempre de las actuaciones en directo, saludando al público con una reverencia al estilo japonés y haciéndose un selfie con el público en pie detrás. Inolvidable.





