La ilusión de estar preparados

Hay algo inquietante en mirar atrás y pensar en la pandemia de COVID-19. Como si al hacerlo estuviéramos reconociendo que, en realidad, no hemos cerrado del todo ese capítulo. Porque así es, simplemente hemos aprendido a convivir con sus consecuencias.

 

Cuando la Organización Mundial de la Salud anunció el fin de la emergencia internacional por COVID-19 en mayo de 2023, muchos lo interpretaron como un punto final. Pero no era un final, era, en el mejor de los casos, un cambio de fase. La diferencia es importante. Las pandemias no terminan, se diluyen. Y ahí surge de nuevo la pregunta: ¿qué hemos aprendido realmente?

 

En España, la pandemia dejó imágenes que todavía duelen. Hospitales al límite, profesionales exhaustos, decisiones clínicas tomadas en condiciones que ningún manual contempla. Pero también dejó algo menos visible, que sentimos como sistema sanitario, como sociedad, como país dentro de un mundo interdependiente.

 

Durante los primeros meses, España reaccionó tarde. No fuimos una excepción. Italia, Francia, Reino Unido… todos compartieron esa mezcla de incredulidad inicial y reacción abrupta. Pero lo interesante no es tanto el error, que era en cierto modo inevitable, sino lo que vino después. La capacidad de adaptación hospitalaria fue notable. Las UCI se multiplicaron, se medicalizaron espacios improvisados, se reorganizó todo un sistema en cuestión de semanas. Eso no es menor y habla de una flexibilidad real, aunque forzada.

 

También aprendimos, a golpe de escasez, lo que significa depender del exterior. Mascarillas, trajes de protección individual, reactivos, … durante semanas no hubo. No porque no existieran, sino porque no estaban donde se necesitaban. España, como gran parte de Europa, descubrió que había externalizado no solo la producción, sino también parte de su seguridad sanitaria. Desde entonces, se han creado reservas estratégicas. Se ha intentado reforzar cierta capacidad industrial propia. Pero aquí conviene ser honestos: mantener esos sistemas cuesta dinero, y la memoria política suele ser corta. El riesgo no es no haber aprendido. El riesgo es olvidar.

 

La ciencia respondió de forma extraordinaria. Las vacunas desarrolladas gracias a la plataforma de ARN mensajero no solo cambiaron el curso de la pandemia, sino que abrieron una puerta tecnológica con implicaciones enormes, incluso más allá de la inmunización. Nunca habíamos visto algo así: una respuesta global coordinada, rápida y eficaz desde el punto de vista científico.

Soymas
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Pero esa misma eficacia dejó al descubierto otra realidad: la desigualdad. Mientras en Europa debatíamos sobre terceras dosis, en muchas regiones del mundo no se había vacunado ni a los sanitarios. El nacionalismo vacunal campaba a sus anchas reforzado por la geopolítica. Iniciativas como COVAX intentaron equilibrar la balanza, pero llegaron tarde y con menos impacto del esperado. Y aquí hay una lección que sigue sin asumirse del todo: en un mundo global, la inequidad no es solo un problema ético. Es un problema epidemiológico. Un virus que circula libremente en una parte del mundo es una amenaza para todas. Había que ser solidario, aunque solo fuera por puro egoísmo; pues ni así.

 

¿Y qué fue de la gobernanza? Se habla mucho de coordinación internacional, de tratados, de sistemas de alerta. La Organización Mundial de la Salud ha impulsado la idea de un acuerdo global para futuras pandemias. Pero la realidad es más tozuda: los países siguen priorizando sus intereses nacionales cuando el peligro llama a la puerta. Durante la pandemia, vimos cierres de fronteras desordenados, competencia por suministros, decisiones unilaterales. No fue un fallo puntual. Fue una manifestación de cómo funciona el sistema internacional en situaciones de estrés.

 

¿Ha cambiado eso? Parcialmente. Se han establecido mejores canales de comunicación, más transparencia en datos, mayor cooperación científica. Pero la gobernanza global sigue siendo frágil. Depende más de la voluntad política del momento que de estructuras realmente vinculantes. Y luego está algo que no aparece en los informes técnicos, pero que condiciona todo: la sociedad, o sea nosotros. Hoy sería mucho más difícil aplicar las mismas restricciones que en 2020. No porque el riesgo fuera menor, sino porque la tolerancia es distinta. La confianza se ha erosionado. La sobreexposición a información y desinformación ha dejado una huella que probablemente ya sea una cicatriz.

La llamada “infodemia” no fue un fenómeno secundario, fue clave. La comunicación, en muchos momentos, fue errática, contradictoria, a veces excesivamente politizada. Y cuando la comunicación falla, la adherencia también. Esto no se ha resuelto. De hecho, probablemente es uno de los puntos más débiles de cara al futuro. Mientras tanto, seguimos atentos a nuevas amenazas. La gripe aviar aparece periódicamente en titulares, con una letalidad que inquieta, pero una transmisión aún limitada entre humanos. El hantavirus surge de forma esporádica (justo ahora en el crucero en Cabo Verde) recordándonos que los reservorios animales siguen ahí.

 

Pero aquí hay que hacer un matiz importante: no estamos necesariamente ante más riesgos, sino ante mejor vigilancia. Detectamos más porque miramos mejor. Y eso, en sí mismo, ya es una buena noticia.

Pero entonces, ¿estamos mejor preparados? Sí. Sería absurdo negarlo. Tenemos más herramientas, más conocimiento, más capacidad de respuesta rápida. Pero no tanto como nos gustaría creer. España ha mejorado en capacidad técnica y logística, pero sigue arrastrando problemas estructurales: déficit de profesionales, presión sobre la atención primaria, desigualdades territoriales. Y eso, en una crisis prolongada, vuelve a emerger. A nivel global, la ciencia ha avanzado más rápido que la política. Y esa asimetría es, probablemente, el mayor riesgo.

 

Probablemente, la lección más honesta no tenga que ver con virus, vacunas o respiradores. Tiene que ver con algo más inquietante. La próxima pandemia no pondrá a prueba solo nuestra capacidad científica, sino nuestra capacidad de actuar antes de que el problema sea evidente, de coordinarnos cuando no hay urgencia inmediata y de mantener decisiones impopulares cuando el beneficio no es inmediato. Y ahí, no está claro que hayamos mejorado tanto, porque aunque lo difícil fue responder a la pandemia, en la próxima, será no repetir los mismos errores cuando vuelva a empezar.

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