Hay algo curioso en el origen de mi relación con la música. No tengo un día concreto ni un momento que se pueda señalar. Es más bien una presencia que se va filtrando poco a poco, hasta que un día te das cuenta de que siempre ha estado ahí.
En mi caso, probablemente empezó con la radio. Aquellos programas donde las canciones no estaban a un solo clic, sino al otro lado de una tensa espera. Donde incluso podías llamar para pedir un tema y dedicarlo, como si la música tuviera todavía ese poder de conectar a dos personas a través de las ondas. También estaban los programas de televisión pensados para jóvenes, donde los artistas aparecían en directo y, sin saberlo, se colaban en tu vida.
Luego llegó el magnetófono. Un objeto de culto. Todavía recuerdo aquellos instantes previos, pegado a la radio con los dedos preparados sobre el botón del play y el de grabar, esperando el instante exacto en que comenzara la canción. Había algo atávico en aquello, era como una escena de espera ante la caza de la canción, de precisión, de paciencia. Y casi nunca salía perfecto, o entraba la voz del locutor, o cortabas el principio o cortaban porque llegaban las noticias. Pero eso también formaba parte de la experiencia. La imperfección era el precio de poseer la música.
Recuerdo perfectamente el primer cassette que compré. Fue en una pequeña tienda de barrio, en la calle Mayor de Sarrià en mi Barcelona natal. Rhapsody in Blue, de Barry White. Aún hoy me sorprende esa elección, como si ya entonces intuyera que la música no entiende de etiquetas. El segundo fue Animals, de Pink Floyd, ya en unos grandes almacenes. Y con él, una nueva forma de elegir y comprar: pedirle al vendedor que te pusiera el disco. Lo buscaba, lo colocaba en el plato giradiscos y ansioso, te colocabas los auriculares. Porque en aquella época conocías la cara A de los singles… pero el resto del álbum era territorio inexplorado. Había algo profundamente emocionante en comprar un disco casi a ciegas … también decepciones.
Después llegó lo que entonces parecía una revolución ante el reinado de las cintas y los vinilos: el Compact Disc. El sonido era limpio, brillante, casi perfecto. También dolorosamente caro. Nos dijeron que bajarían de precio con el tiempo … algunos todavía seguimos esperando. Los CD fueron ganando terreno lentamente y nos fuimos olvidando de la fragilidad de las agujas del tocadiscos, de la electricidad estática y hasta de rebobinar una cinta con un bolígrafo Bic. Pero trajeron consigo algo importante: la sensación de estar entrando en el futuro. Y también nuevas formas de explorar, como escanear un código de barras y escuchar el disco en la propia tienda. Recuerdo pasar horas allí, saltando de un álbum a otro, sin prisa, como quien hojea libros en una biblioteca infinita.
Pero si hubo una verdadera ruptura, una de esas que cambian las reglas del juego, fue la llegada del streaming. De repente, toda la música estaba disponible. Absolutamente toda, sin esperas, sin esfuerzo, sin errores. Eso sí, con mucha publicidad. Y, sin embargo, a veces me pregunto qué perdimos por el camino, como es el caso de la espera, que daba valor. También el azar, que traía sorpresas. Perdimos el objeto, el ritual, el tacto. Aquella tensión de no saber cómo empezaría la siguiente canción de un álbum que acababas de comprar. Ganamos comodidad, sí y acceso ilimitado. Pero quizá, en algún rincón, también perdimos una forma de sentir la música más lenta, más imperfecta… más nuestra.
Aun así, cuando suena una canción, en cualquier formato, en cualquier momento, ocurre lo mismo que al principio, algo se detiene, algo conecta. Y entiendes que, en el fondo, la relación con la música no ha cambiado tanto. Solo ha cambiado el camino para llegar a ella. El valor de la espera como parte esencial del vínculo me recuerda a esa escena de El Principito en la que el zorro no le pide simplemente compañía. Le pide que lo “domestique”, que cree un lazo. Y en ese proceso aparece algo clave: el rito, la anticipación. Saber que alguien vendrá hace que las horas previas ya estén cargadas de sentido.
Eso es exactamente lo que ocurría con la música antes. No era solo escuchar canciones. Era esperarlas. Prepararse para ellas. Estar atento al momento exacto en que iban a aparecer en la radio. Esa espera no era un inconveniente, era parte de la experiencia emocional. Igual que el zorro empieza a ser feliz antes de que llegue el Principito, nosotros empezábamos a disfrutar la música antes incluso de oírla.
Hoy eso prácticamente ha desaparecido. El acceso inmediato ha eliminado la antesala emocional. Ya no hay “a las seis escucho esa canción”, sino “la escucho ahora”. Y eso, aunque es cómodo, cambia la naturaleza del vínculo. Lo hace más eficiente… pero también más plano.





