Este lunes 5 de octubre Woody Allen empieza a rodar su nueva película en Madrid. El rodaje durará unas seis semanas y recorrerá más de 30 localizaciones entre Madrid y Aranjuez. Las Comunidad y el Ayuntamiento han corrido a hacerse fotos con Woody Allen, lo venden como un gran golpe de promoción, pero conviene mirarlo con calma.
La jugada no es nueva. Barcelona y la Generalitat ya pusieron 1,5 millones de euros en Vicky Cristina Barcelona, en 2008. Casi veinte años después, Madrid repite la fórmula: encargar una postal con firma famosa. El contrato obliga a que el título incluya la palabra «Madrid». Más que una película, es un anuncio de turismo con créditos. ¿No tienen la Comunidad ni el Ayuntamiento de Madrid una idea nueva y original para la promoción de Madrid? Suponiendo que Madrid necesite turismo, claro.
Porque Madrid no necesita más turismo. Mientras Allen presentaba el rodaje junto a Ayuso y Almeida, le preguntaron por las protestas por la crisis de la vivienda que hay en la ciudad. Es el contraste perfecto. Una ciudad con alquileres por las nubes, barrios que se vacían de vecinos y pisos turísticos por todas partes dedica tres millones a atraer todavía más visitantes. Cualquiera que haya visto cambiar su barrio sabe lo que eso significa.
Los que se quejaban de las subvenciones al cine. El Partido Popular lleva años criticando las ayudas públicas al cine. Ahora, entre la Comunidad y el Ayuntamiento, ambos gobernados por el PP, aportan 1,5 millones cada uno, tres en total. Lo llaman patrocinio y no subvención, pero es dinero público igual. Para tener una vara de medir, la ayuda máxima de la Comunidad para una película de ficción es de 250.000 euros. Allen recibe doce veces más que el máximo que se da a cualquier otro cineasta.
Allen lleva décadas bajo la sombra de la acusación de abusos sexuales que hizo su hija adoptiva Dylan Farrow. Él siempre lo ha negado y nunca ha sido acusado formalmente ni juzgado por ello. Pero la polémica es real. En 2018 Amazon canceló su contrato de 68 millones de dólares. Que sea precisamente un gobierno que presume de defender la libertad quien lo financie con dinero de todos es, como mínimo, una decisión que merece debate. El silencio de Allen, que siempre ha hecho gala de ser judío, acerca del genocidio de Gaza es igualmente atronador.
Madrid ha decidido que su futuro pasa por seguir llenándose de visitantes y de postales, mientras sus vecinos se preguntan cuánto tiempo más podrán pagar el alquiler en su propio barrio. Tres millones de euros públicos para una película con la palabra «Madrid» en el título, firmada por un director que nadie en Hollywood quiere financiar, dicen mucho de las prioridades de quienes gobiernan. Si de verdad hay dinero para el cine, habrá cineastas madrileños que lo necesiten más que Woody Allen, y vecinos que lo necesiten más que el cine. Cuando se apaguen los focos de la película, la factura seguirá siendo nuestra.





