La liturgia de las cosas

¿Cuántas de nuestras costumbres sobreviven gracias al decorado que las rodea? Los seres humanos tenemos una curiosa habilidad: convertir casi cualquier actividad en una liturgia. Cuando algo nos gusta, cuando forma parte de una tradición o cuando tiene un fuerte componente emocional, tendemos a rodearlo de gestos, ceremonias y pequeñas reglas que le dan un aire solemne. Es una forma de elevar lo cotidiano a la categoría de experiencia significativa.

 

La liturgia no es exclusiva de la religión. Está presente en muchas actividades aparentemente mundanas. Pensemos, por ejemplo, en el vino. Antes de beberlo se descorcha con cierto cuidado, se observa el color contra la luz, se agita la copa, se perciben aromas que alguien describe con sorprendente precisión (frutos rojos, vainilla, …) y finalmente se toma un pequeño sorbo que se pasea por la boca tratando de alcanzar a todas las papilas gustativas y al sentido del olfato. Algo parecido ocurre con el tabaco. El fumador de pipa limpia cuidadosamente la cazoleta, rellena el tabaco con gesto casi artesanal, lo enciende con calma y da las primeras caladas con una mezcla de concentración y placer. En ambos casos, el acto central, beber alcohol o fumar tabaco, queda rodeado de un conjunto de gestos que lo transforman en algo más que un simple consumo. La liturgia embellece la experiencia. Pero también cumple otra función menos evidente: la protege. Cuando una práctica se envuelve en rituales, tradición, estética o cultura, se vuelve más difícil cuestionarla. Deja de percibirse como una conducta concreta y pasa a presentarse como una experiencia sensorial, un patrimonio cultural o incluso una forma de arte.

 

Lo mismo ocurre con la tauromaquia. Para quienes la defienden, la corrida no es simplemente un espectáculo donde un animal muere en una plaza. Es una ceremonia cargada de símbolos: la música, el traje de luces, los movimientos del torero, la tensión entre el hombre y el animal … La liturgia transforma el acto en un relato. También sucede en la caza. Quienes la practican hablan de tradición, de respeto al campo, del silencio del amanecer, de la paciencia de la espera y de la emoción del momento en el que aparece la pieza, el trofeo. Todo ese conjunto de gestos y palabras construye una narrativa que envuelve el acto final. Sin embargo, cuando uno aparta todos esos elementos y observa únicamente el núcleo de la escena, lo que queda puede resultar mucho más sencillo y para algunos, mucho más incómodo de describir.

Soymas
Soymas

Soy consciente de que al mencionar algunos de estos ejemplos estoy tocando temas muy sensibles y profundamente arraigados en muchas tradiciones. No se trata de negar su dimensión social ni el valor simbólico que muchas personas encuentran en ellos. Pero también vivimos en una época en la que ciertas cosas ya no nos resultan desconocidas. Sabemos que el tabaco contiene sustancias cancerígenas. Sabemos que el alcohol, por más raíces históricas que tenga su cultura, es una sustancia psicoactiva cuyo consumo no está exento de riesgos, por mucho que algunos estudios hayan intentado durante años encontrar una versión saludable de la copa de vino. Y sabemos también que el sufrimiento animal forma parte inevitable de prácticas como la caza o la tauromaquia, aunque la ley establezca excepciones o las tradiciones les otorguen un estatus particular. Quizá por eso las liturgias resultan tan útiles. Porque permiten envolver esos actos en un relato estético, cultural o emocional que los hace más digeribles. No cambian lo que ocurre, pero sí la forma en que lo percibimos.

 

Desde la antropología se ha descrito este fenómeno como una forma de sacralización de lo cotidiano. Es decir, la tendencia humana a envolver determinadas prácticas en un marco simbólico que las eleva por encima de lo meramente funcional. El ritual da sentido, cohesiona al grupo y convierte una acción en una experiencia compartida. Pero al mismo tiempo puede actuar como un filtro. Un filtro que suaviza la percepción de lo que realmente ocurre. No se trata necesariamente de un engaño consciente. La mayoría de las veces ocurre algo más simple: las liturgias forman parte del paisaje cultural en el que crecimos. Y dentro de ese paisaje resultan naturales. Solo cuando uno toma cierta distancia empieza a percibir el mecanismo. Entonces descubre que muchas ceremonias no transforman la realidad que representan, lo que hacen es cambiar la forma en que la miramos. El vino sigue siendo alcohol, por refinado que sea el ritual de la cata. El humo sigue siendo tabaco quemado plagado de sustancias cancerígenas, por pausada que sea la liturgia de la pipa o del cigarro. La caza sigue siendo la muerte de un animal, por poética que sea la descripción del amanecer en el monte. Y la muerte de un toro sigue siendo la tortura reglada de un mamífero para entretener a las masas, por solemne que sea la música o estético el traje de luces.

 

Las liturgias tienen una enorme fuerza cultural. Nos ayudan a compartir experiencias, a construir identidad y a dar significado a muchas cosas. Pero conviene recordar algo sencillo: las ceremonias no cambian la naturaleza de los actos que envuelven, solo sustituyen el decorado. Y cuando ese decorado desaparece, cuando se apaga la música y el relato, lo que queda ya no es tradición ni estética. Queda el acto desnudo. Y algunos actos, cuando se miran sin ornamentos, suelen ser mucho menos nobles de lo que su liturgia nos había hecho creer.

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