No es Trump, son sus votantes

Cuando millones de personas eligen libremente al mismo líder lunático dos veces, el problema ya no es él, el problema son ellos.

 

Hay una comodidad enorme en señalar a Donald Trump como el gran villano de nuestro tiempo: es inmoral, grosero, miente con una facilidad que ya ni sorprende, da montones de titulares, pero obsesionarse con Trump como individuo es, en cierta medida, una trampa intelectual: nos permite mirar al monstruo sin preguntarnos quién lo fabricó. Trump fue elegido en 2016. Podía haberse interpretado como un accidente histórico, un espasmo del sistema, pero fue elegido de nuevo en 2024, esta vez con un margen más claro, después de todo lo que el mundo había visto. Eso ya no es un accidente, eso es una decisión, y  las decisiones colectivas dicen algo sobre quienes las toman.

 

Los líderes son síntomas, no causas

La historia tiene una tendencia a personificar sus crisis. Hablamos de Franco, Hitler, de Mussolini, de Stalin, como si la maldad del siglo XX hubiera sido obra de unos pocos individuos. Pero cada uno de ellos llegó al poder con el apoyo, la complicidad o la indiferencia de millones. Claude (que es mi ayudante a la hora de escribir cosas) me dice que Hannah Arendt llamó a esto la banalidad del mal: no hacen falta monstruos, basta con ciudadanos dispuestos a mirar hacia otro lado. Quizá Trump no sea una anomalía del sistema democrático estadounidense, puede que sea su producto más honesto en décadas. Refleja con una fidelidad escalofriante los miedos, los resentimientos y los prejuicios de una parte significativa de la sociedad americana: el temor a perder privilegios históricos, el desprecio hacia la ciencia y los expertos, el amor indiscriminado por las armas, la indiferencia ante las masacres en los colegios de sus ciudades, el amor por los predicadores espectáculo, la ignorancia de todo lo que no ocurre en su país, la convicción de que EEUU es el país elegido por dios (al estilo de los sionistas) y de que todo aquel que se oponga a esa soberanía debería de ser destruido, incluso si también es estadounidense.

Soymas
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Por mi trabajo he conocido a muchos ciudadanos de EEUU, la mayoría de ellos son magníficas personas, jamás se les ocurriría votar a Trump y están tremendamente avergonzados de lo que está pasando. Sin embargo sí he conocido algún simpatizante, casi todos originales de alguno de los estados de la “América Profunda” (o no tan profunda, porque incluye ciudades de millones de habitantes) y alguno de ellos me decía que “absolutamente nadie le va a quitar su sagrado derecho de portar las armas que le de la gana”. ¿Cómo un estadounidense llega a la conclusión de que llevar armas de repetición es un derecho “sagrado” garantizado por su dios? Probablemente porque se lo han dicho en un oficio religioso y él se lo ha creído.

 

Si hay un personaje que detesto, muy habitual en las redes sociales últimamente es el votante de Trump arrepentido. Dicen que no se esperaban esto de Trump. ¿WTF? No viven aislados en la Antártida o el desierto. Han tenido acceso a Internet, se han podido informar perfectamente en su idioma en las miles de fuentes fiables que hay más allá de la FOX y otras cloacas informativas.

 

Si Trump desapareciera mañana, la base seguiría ahí. Ya hay una fila de sucesores —JD Vance, Ron DeSantis, y los que vendrán—dispuestos a canalizar esa energía. El fenómeno es estructural, no personal, y los fenómenos estructurales no se resuelven cambiando de cara en el cartel.

Votantes de Trump (The-Independent.com)
Votantes de Trump (The-Independent.com)

Votar tiene consecuencias morales

El derecho al voto es una conquista de la civilización. Pero los derechos sin responsabilidad, se convierten en licencias para el daño. Votar en 2016 por Trump ya era un disparate. Pero votar por él en 2024, después de los asaltos al Capitolio, de los intentos de anular elecciones, de las condenas judiciales, de cuatro años de polarización sistemática… ese segundo voto es la manifestación de una intención de hacer mucho daño. La política no es un videojuego, tiene víctimas.

 

El ecosistema de la desinformación y la renuncia a pensar

Sí, hay manipulación: Fox News, las redes sociales, los algoritmos de indignación, los grupos de Telegram con fanáticos terraplanistas, negacionistas, antivacunas y fumigacionistas… todo eso existe y tiene una influencia en mentes descarriadas. Pero en algún momento hay que hablar de la responsabilidad individual de no querer saber, de preferir la mentira cómoda a la verdad incómoda. El negacionismo climático, el antivacunismo, el conspiracionismo electoral no son errores de información: son elecciones activas de qué realidad (o ficción) se quiere habitar.

 

Una democracia funciona sobre un supuesto básico: que los ciudadanos tienen la voluntad de informarse mínimamente antes de decidir, y cuando ese supuesto se rompe a escala masiva, la democracia no desaparece de golpe. Simplemente empieza a producir resultados para los que no fue diseñada.

 

Trump pasará, sus votantes no, y eso es lo preocupante.

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