En barco por el Guadalquivir

No era yo muy consciente de que en España se podía hacer turismo fluvial hasta que un amigo que tiene un bonito velero nos invitó a recorrer primero la Ría del Nervión desde Getxo hasta el centro urbano de Bilbao, y el verano pasado del 2024 el Guadalquivir desde Sevilla hasta Chipiona en un sábado de agosto.

 

Salir del Club Náutico de Sevilla navegando el Guadalquivir al amanecer mientras la ciudad empieza a despertarse en sí ya es una experiencia. La primera sorpresa que te encuentras a la salida de Sevilla es una esclusa que sirve para regular el nivel del agua en el ramal del Guadalquivir que pasa por el centro de Sevilla para que puedan entrar barcos de gran calado.

 

Pasada la esclusa y la zona industrial portuaria a la salida de Sevilla, te encuentras otra sorpresa: una enorme vegetación en ambas riberas del Guadalquivir que te recuerdan a los ríos de clima tropical de África o Sudamérica más que a los paisajes que conocemos de la provincia de Sevilla en un día de verano. La brisa que corre por el río hace que las extremas temperaturas veraniegas de la zona apenas se noten en el barco.

 

Poco tiempo después de salir de Sevilla se ve a la derecha Coria del Río y después Puebla del Río. Más tarde la finca de Isla Mínima, escenario de la gran película de Alberto Rodríguez. Atracamos en el apeadero con la intención de echar un vistazo, pero nada más bajar debimos de molestar un avispero que estaba justo debajo de las tablas en lamentable estado, y un enjambre de avispas nos atacaron y nos dejaron varias picaduras. A partir de la Isla Mínima, el cauce del Guadalquivir se va ensanchando poco a poco hasta llegar a más de 1Km a la altura de Bonanza.

La desembocadura del río a la altura de Bonanza, Sanlúcar y Chipiona es todo un espectáculo. Llegamos allí un sábado por la tarde y aquello era un hervidero de embarcaciones de varios tamaños, casi todas de motor, moviéndose en todas direcciones en un ambiente de caos. En un momento dado, una embarcación con tres enormes motores fuera borda y con los tripulantes con las caras tapadas, pasó a toda velocidad al lado de nuestro barco sorteando las embarcaciones a su paso en dirección al interior del río y nos dejó el velero dando bandazos. Las playas de la orilla izquierda estaban atiborradas de familias con niños en escenas que parecían sacadas de los programas de los Morancos.

 

Bajamos la zodiac del velero y nos acercamos a la playa de la orilla derecha, que está protegida al ser parte del Parque Nacional de Doñana, y por tanto solo se puede llegar en pequeñas embarcaciones. Pasear por esta playa es una delicia: muy poca gente, maravillosas vistas, y la compañía de todo tipo de aves que viven o pasan por el estuario y el parque de Doñana.

 

Después de disfrutar de la espectacular puesta de sol, cenamos en el restaurante El Colorao de Sanlúcar, y pasamos la noche en el Hotel Los Helechos, un sitio modesto pero bonito y cómodo, con una pequeña piscina en la azotea.

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