Hace unos días conocimos la absolución de los dos trabajadores investigados en el caso Vivotecnia. La decisión judicial ha reabierto un debate que va mucho más allá de una sentencia concreta. Porque los tribunales responden a una cuestión jurídica: si determinados hechos encajan o no en un delito según una legislación determinada. Pero existe otra cuestión distinta que no siempre puede resolver un juez: la cuestión moral. Y ahí comienza una discusión mucho más amplia.
La experimentación animal pertenece a una de esas cuestiones difíciles donde chocan dos realidades que nadie debería simplificar. Durante décadas, gran parte de la ciencia moderna se construyó utilizando animales de experimentación. Vacunas, antibióticos, anestésicos, tratamientos oncológicos, trasplantes o investigación básica. Muchos avances que hoy consideramos normales atravesaron laboratorios donde millones de animales formaron parte del proceso. Es una realidad incómoda y profundamente triste.
Pero existe una cuestión más difícil todavía: si algo fue necesario en un momento determinado, ¿debe seguir siéndolo indefinidamente?
Hay escenas que no nos dejan indiferentes por lo que muestran. Y otras por lo que nos obligan a preguntarnos. La experimentación animal pertenece a ambas categorías. La historia está llena de prácticas que durante años parecieron inevitables hasta que dejaron de parecérnoslo. Y casi siempre ocurre algo parecido: el cambio no comienza cuando aparece una nueva tecnología; comienza cuando cambia nuestra forma de mirar aquello que considerábamos normal. La pregunta hoy quizá sea: ¿debemos seguir haciéndolo?
Defender el fin progresivo de la experimentación animal no implica ignorar la complejidad de la investigación biomédica ni despreciar el trabajo de quienes buscan tratamientos para enfermedades devastadoras. Tampoco significa negar que hoy siguen existiendo áreas donde todavía no tenemos alternativas. Aunque aquí aparece otra cuestión embarazosa: ¿estamos buscando esas alternativas con suficiente determinación o seguimos recurriendo a aquello que ya conocemos?
Causar sufrimiento a seres capaces de sentir dolor no debería convertirse en una normalidad aceptada. Reemplazar, reducir y refinar constituye un avance importante, pero quizá no debería ser el punto final si existen caminos que permitan ir más allá. El objetivo no puede ser únicamente hacer estos procedimientos más aceptables, sino avanzar hacia un escenario donde puedan volverse progresivamente innecesarios.
La inteligencia artificial, los organoides, los modelos computacionales, los tejidos en chip y otras tecnologías emergentes empiezan a abrir una posibilidad que hace unas décadas habría parecido ciencia ficción: estudiar procesos biológicos complejos sin depender del sufrimiento animal como algo inevitable. Quizá no ocurra mañana. Probablemente tampoco de forma inmediata. Las transiciones importantes casi nunca lo hacen. Pero las sociedades también evolucionan moralmente. Hubo un tiempo en que determinadas prácticas eran invisibles porque formaban parte del paisaje… hasta que un día dejaron de parecernos normales.
Tal vez dentro de cien años alguien mire hacia nuestra época con una mezcla entre incredulidad y desprecio y se pregunte: “¿de verdad hacían eso?” Y quizá ese día no signifique que la ciencia retrocedió. Quizá signifique que aprendimos a avanzar sin dejar parte de nuestra humanidad por el camino.





