(Segunda parte de nuestro viaje a Nápoles. Primera parte aquí)
Después de sobrevivir a los motoristas de Nápoles y de pasear por las cenizas milenarias de Pompeya, uno podría pensar que ya ha tenido suficientes emociones fuertes. Pues no. Porque entonces tocaba la Costa Amalfitana, y resulta que la costa más fotografiada de Italia tiene su propia manera de ponerte a prueba: una carretera de montaña, con un carril y medio de anchura, por la que circulan autobuses en los dos sentidos como si llevaran prisa por llegar al otro lado de la vida. Unos maravillosos pueblos donde pararías en multitud de sitios para hartarte de hacer fotos pero no puedes porque no hay sitio para aparcar o bien porque las poquísimas plazas de parking tienen un precio que tendrías que hipotecar tu casa para dejar el coche. Y eso que no fuimos en temporada alta ni mucho menos.
Pero empecemos por el principio.
Gran Hotel La Sonrisa
Para alojarnos en la zona amalfitana, nos habíamos decidido por un exótico hotel de aspecto tradicional (ya veréis porqué no es una contradicción) en San’tAntonio Abate llamado Gran Hotel La Sonrisa que no nos decepcionó ni un pelo. La verdad es que es difícil describirlo; imagínate una combinación de castillo barroco, Disneylandia y Las Vegas, en un terreno con helipuerto, una enorme piscina con estatuas de delfines y enormes garzas de 4 metros de altura coronada por un arco triunfal con cascada que podría haber inaugurado el mismísimo Mussolini. Una fachada porticada blanca, iluminada ya al atardecer por unas intensas e impactantes luces de color fucsia. El interior no le va a la zaga: oropeles y dorados por todas partes, techos decorados con escenas religiosas y mitológicas todo tremendamente recargado. Enormes salones en uno de los cuales se estaba celebrando un festejo que bien podría ser escena de una película de Fellini. Junto a la recepción un primer plano de un señor con gafas (suponemos el fundador del complejo) con tamaño de suelo a techo. Una enorme escalera de caracol adornada con figuras míticas de tamaño real… Y nuestra habitación con una gran cama, paredes, suelo y baño decorados en la misma línea, una enorme columna en mitad de la habitación, y una bonita terraza con vistas a las colinas de los alrededores, todo ello por un módico precio. Abstente si no te gustan las emociones fuertes.
Sorrento
Si vienes costeando desde el norte, Sorrento es la puerta de entrada a la Costa Amalfitana y, según cómo se mire, también su antesala más civilizada. Antes de entrar en la ciudad, nosotros paramos en el Belvedere di Meta, un mirador junto a la carretera desde donde tendrás una estupenda vista de la ciudad y la costa.
La ciudad tiene una estructura más urbana que el resto de pueblos de la costa: hay una plaza central con terrazas, calles comerciales, hoteles con historia y una vida local que no depende enteramente del turismo para sobrevivir. Lo que la hace especial es su situación: encaramada sobre unos acantilados de toba volcánica de color ocre que caen directamente al mar, con vistas al Vesubio al fondo. Los jardines y terrazas que se asoman al golfo desde lo alto tienen algo de belle époque, de ciudad que en otra época fue destino de aristócratas y escritores con tiempo libre y dinero suficiente. Hoy en día los aristócratas han sido sustituidos por grupos de turistas con mochila y auriculares, pero la estructura sigue ahí, y si uno se mete por las callejuelas del centro antiguo y se aleja un poco del eje principal, todavía queda algo de esa elegancia tranquila que debió de tener. Nosotros fuimos directos al parking Parcheggio Comunale Achille Lauro, que tiene unos precios que todavía no son los de las zonas más turísticas, y desde aquí pudimos pasear por el centro de la ciudad y acceder al ascensor que te baja hasta el puerto.
Positano
La zona caliente de la costa amalfitana empieza en Positano. A partir de ahí, unos 40 kilómetros de curvas, túneles y precipicios que quitan el aliento —más por la belleza que por lo escarpado del recorrido—. La carretera fue construida en el siglo XIX por encargo de Fernando II de Borbón, y desde entonces ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, lo que en la práctica significa que está igual de estrecha que cuando la hicieron pero con mucho más tráfico. Ya hemos hablado de lo difícil que nos resultó aparcar en cualquier parte, así que me imagino que en temporada alta es una experiencia cercana a la ficción. Según parece muchos viajeros optan por coger un ferry entre los distintos pueblos de la costa, lo que además te da unas vistas espectaculares desde el mar, si bien nosotros no probamos esta opción.
Positano es la postal. Las casas de colores apiladas en vertical sobre el acantilado, las buganvillas, el mar abajo azul turquesa. Es tan bonita que parece mentira, y tan turística que cuesta un poco encontrar el sitio por debajo de la capa de selfis. Nosotros encontramos sitio en este parking y bajamos andando la carretera hasta el centro y la playa. Las callecitas en escalera de Positano son empinadas y sinuosas, y prácticamente toda la vida del pueblo transcurre entre la carretera de arriba y la playa de abajo. La playa en sí es pequeña y de guijarros, pero tiene algunas terrazas donde puedes disfrutar de las vistas tomando un aperol spritz o un prosecco (que por si no lo sabes, parecen ser las bebidas nacionales de los italianos).
Amalfi
Sigue disfrutando de la carretera hasta Amalfi, que fue en su día una república marinera poderosa e independiente, rival de Génova y Venecia, lo cual resulta difícil de creer cuando llegas al pueblo porque es pequeño y tranquilo y la gente parece ocupada sobre todo en vender limoncello y cerámica. Pero basta asomarse a su catedral —la de Sant’Andrea, con esa fachada árabe-normanda que parece sacada de otro continente— para intuir que aquí pasaron cosas importantes.
La Piazza del Duomo, con las escalinatas y los cafés alrededor, es uno de esos sitios donde uno se sienta y no tiene ninguna prisa por levantarse. Hay que reservar un rato para entrar a la catedral y al claustro del Paraíso, que es una joya escondida justo al lado: columnas árabes, jardín central y una calma que contrasta con el bullicio de fuera. Después o antes, sigue subiendo por la Via Lorenzo D’Amalfi, que es la calle alrededor de la cual se ha desarrollado toda la vida de la ciudad.
Si tienes coche, te recomiendo que subas por la carretera hasta Ravello, un bonito pueblo más tranquilo, y con unas espléndidas vistas sobre Amalfi y toda la costa.
La carretera hasta Salerno
Minori y Maiori son dos pequeños pueblecitos a lo largo de la costa que también merecen una visita. Minori es casi todo él un amplio paseo marítimo lleno de bancos y terrazas para disfrutar de las vistas. Lo más interesante de Maiori es la llamada torre normanda que hay a la salida del pueblo, muy fotogénica, convertida en un restaurante de lujo, pero que se puede admirar si consigues parar el coche junto a la carretera. Aunque se llama “torre normanda” en realidad fue construida para tareas de vigilancia durante el período aragonés y español, entre los siglos XV y XVII, al igual que la de Cetara que está unos pocos kilómetros más adelante.
Cetara es otro bonito pueblo donde merece la pena parar. Tiene una pequeña playa de piedras con pequeñas barcas de pesca alrededor de las cuales puedes ver jugar a los chavales con sus abuelos, y al final de la playa hay otra bonita “torre normanda”.
Vietri sul Mare está al final de la Costa Amalfitana, justo antes de Salerno. La subida por el Corso Umberto I es muy bonita y tiene atractivas vistas sobre el pueblo y la costa.
Salerno
Salerno es el final de la Costa Amalfitana y donde uno parece volver a la normalidad después de tantos acantilados, pueblos colgados sobre el mar y carreteras que ponen a prueba los frenos y los nervios. Salerno aparece como una ciudad real, con su vida propia, su gente yendo al trabajo y sus calles organizadas en torno a la actividad urbana más que al turismo.
Lo primero que hicimos en Salerno fue subir al Castelo di Arechi para disfrutar de unas impresionantes vistas sobre la ciudad y la costa. Luego aparcamos para dar un paseo por el centro histórico medieval de la ciudad, incluyendo la catedral románica de San Mateo, con un atrio de columnas antiguas reutilizadas de edificios romanos, el Duomo di Santa Maria degli Angeli y el museo arqueológico. El paseo marítimo es largo y tranquilo, e invita a caminar disfrutando de las vistas sin destino concreto.
Salerno tiene también un título histórico que no todo el mundo conoce: albergó en la Edad Media la escuela de medicina más antigua y prestigiosa de Europa occidental, la Schola Medica Salernitana, lo que dice bastante de una ciudad que siempre ha tenido más fondo del que aparenta a primera vista. No es Positano, no tiene esa belleza de postal que te deja sin palabras, pero tiene algo que a veces escasea en esta costa: autenticidad sin artificio. Un buen sitio para terminar el viaje.
Los limones
Hay que hablar de los limones. La Costa Amalfitana tiene los limones más grandes, más amarillos y más fragantes que hemos visto en ningún sitio. Los venden en todas partes: en bolsas, convertidos en limoncello, en cremas, en jabones, en pasta de limón, en granizados, en pasteles y decorando las espectaculares cerámicas de la zona. La denominación de origen local es el limone di Amalfi, protegido y venerado como se merece. Un granizado de limón sentado en cualquier terraza con vistas al mar es una de esas cosas sencillas que se quedan grabadas en tu memoria.
Dónde hemos comido
No tengo direcciones concretas que recomendarte, no hemos dado con ningún restaurante memorable. Lo que sí puedo decir es que en esta zona el pescado a la plancha, la pasta alle vongole y por supuesto la pizza son apuestas fiables, en general la calidad de los restaurantes es buena. Y que los precios en los sitios con terraza y vista al mar son directamente proporcionales al tamaño del precipicio que tienes debajo.






