Inaugurar una sección de fotografía con esta pregunta peliaguda, puede parecer cuando menos algo pretencioso, y por qué no, filosófico. Debo confesar que frecuentemente “me la hago”.
Ojo! No me refiero a fotos útiles. Me refiero a las que no sirven para nada. Me diréis que los dispositivos que llevamos consigo todo el día nos facilitan la tarea y sin ellos no lo haríamos. Nada más lejos; antes de la incorporación de objetivos a los teléfonos celulares ya lo hacíamos, seguro que en menor medida, pero lo hacíamos. ¿Qué nos impulsa a encuadrar y disparar?
Para esta pregunta hay tantas respuestas como personas, y vuelvo a decir que excluyo las fotos hechas con un fin (prensa, documentación, identificación, catalogación, retrato, paisaje, etc.). Es una mezcla de experimentación-haber que sale, aburrimiento-divertimento, pensamiento fugaz, creatividad sobrevenida, para recuerdo, búsqueda de un orden en el caos, repetición inconsciente de un patrón…. Vaya lío, si lo único que hago es un clic . Sí, sí … ¿Pero por qué?
Recordad queridos boomers que cuando éramos pequeños ya nos daban un trozo de papel y un lápiz para que pintáramos lo que quisiéramos. Pues he llegado a esa conclusión. Que lo que hacemos muchas veces con una cámara es algo parecido. Libertad absoluta para pintarrajear un trozo de papel. Volvemos a la más lejana infancia. Descargamos tensión haciéndolo y nos quedamos tan a gusto. ¿O no?




