Usera es uno de esos barrios de Madrid que no aparecen en las guías turísticas. No nació para ser bonito ni moderno, sino para vivir. Y eso se nota todavía hoy cuando uno pasea por sus calles.
Usera empezó a crecer a principios del siglo XX, cuando Madrid se desbordó hacia el sur. Aquí llegaron muchas familias trabajadoras buscando un sitio donde asentarse, levantar su casa y sacar adelante a los suyos. Albañiles, mecánicos, empleados de fábricas, pequeños comerciantes… gente humilde que fue dando forma al barrio.
Durante años, Usera fue sinónimo de esfuerzo. Casas bajas, calles sin asfaltar al principio, pocos servicios y mucha vida de vecindad. Todos se conocían. Se fiaba en las tiendas y los niños jugaban en la calle hasta que anochecía.
Dentro del distrito está la colonia Moscardó, un ejemplo claro de urbanismo pensado para la vida diaria. Muchas de sus viviendas fueron construidas para bomberos y otros empleados públicos, en una época en la que se apostaba por barrios tranquilos, funcionales y con sentido de comunidad. Bloques sencillos, patios, calles amplias y vecinos que se conocían por el nombre. Durante décadas, estas casas representaron estabilidad, trabajo seguro y orgullo profesional, y todavía hoy conservan ese aire de barrio ordenado y familiar que muchos recuerdan con cariño. Las casas están muy arregladas, tienen plantas en la entrada y es un placer pasear por las pequeñas callejuelas.
Con el paso del tiempo, Usera cambió, como cambió Madrid. Llegaron nuevas generaciones y, más adelante, nuevos vecinos de otros países. El cambio más visible fue la llegada de la comunidad china, que convirtió parte del barrio en algo único dentro de la ciudad. Donde antes había un bar o una ferretería, hoy hay un restaurante asiático o un supermercado lleno de productos curiosos. Al principio sorprendía, pero con los años se ha convertido en algo natural. Usera aprendió a convivir, como siempre ha hecho.
El Parque de Pradolongo es uno de esos sitios que los vecinos sienten como suyo. Allí se pasea, se charla, se descansa y se ve pasar la vida. Un lujo para un barrio obrero que no siempre lo tuvo fácil.
Las calles de Marcelo Usera y alrededores siguen siendo el corazón del barrio. Comercios de toda la vida conviven con tiendas nuevas, bares clásicos con locales modernos. El Mercado de Usera sigue siendo punto de encuentro y de compra diaria.
En Usera se celebra convenientemente el Año Nuevo Chino, que llena el barrio de procesiones, dragones, música y visitantes. Para muchos vecinos de siempre es curioso ver cómo Usera se convierte en noticia, pero también es motivo de orgullo. No faltan tampoco otras las fiestas populares, actividades culturales y reuniones vecinales que mantienen vivo el espíritu del barrio.
Usera sigue siendo un barrio de vecinos, cada vez más variopinto. De los que saludan, de los que charlan en el portal, de los que se sientan al sol en el parque. Conviven personas mayores que lo han visto todo, familias jóvenes, inmigrantes y nuevos vecinos que descubren un Madrid distinto al del centro. En ningún sitio de Madrid se hablan tantos idiomas diferentes como en Usera.
Usera es un barrio real. Con memoria, con cambios, con mezcla y con vida. Un barrio que ha sabido reinventarse sin olvidar de dónde viene.





