Vivimos en una época en la que casi todo parece medirse en términos de rendimiento. Rendimiento en el trabajo, en el estudio, en el deporte, en la vida sexual, incluso en la vida emocional. Dormir mejor, concentrarse más, estar siempre motivado, no cansarse, no ponerse nervioso, responder siempre bien.
En ese contexto, cada vez más personas recurren a sustancias que prometen ayudarnos a rendir más. No para tratar una enfermedad, sino para mejorar el desempeño cotidiano. Estimulantes para concentrarse, ansiolíticos para hablar en público, fármacos para mejorar el rendimiento sexual o bebidas energizantes para prolongar la vigilia.
A este fenómeno algunos investigadores lo llaman “farmacología del rendimiento”: el uso de medicamentos o sustancias psicoactivas por personas sanas con el objetivo de optimizar su funcionamiento cognitivo, emocional o físico.
No se trata de un fenómeno marginal. Está presente en universidades, oficinas, gimnasios, reuniones sociales e incluso en las relaciones íntimas. Lo que antes era excepcional hoy empieza a volverse normal.
Pero esta tendencia plantea algunas preguntas importantes.
Del tratamiento a la optimización
La medicina nació para tratar enfermedades. Un antibiótico para una infección, un analgésico para el dolor, un antidepresivo para un episodio depresivo, para síntomas ansiosos.
Sin embargo, en las últimas décadas ha comenzado a aparecer otro tipo de uso de los medicamentos: el uso para mejorar funciones normales.
Algunos ejemplos son muy conocidos:
- Estudiantes que utilizan modafinilo o estimulantes para estudiar durante muchas horas.
- Personas que toman benzodiacepinas antes de una exposición o una entrevista para reducir la ansiedad.
- Hombres jóvenes que utilizan sildenafil aunque no tengan disfunción eréctil.
- Personas que consumen bebidas energizantes para mantenerse activas durante jornadas largas.
En todos estos casos el objetivo no es tratar una patología, sino funcionar mejor dentro de las exigencias de la vida cotidiana. La frontera entre tratamiento y optimización comienza entonces a volverse difusa.
Lo que ocurre en el cerebro
Muchas de estas sustancias funcionan porque actúan sobre sistemas cerebrales que regulan la motivación, la atención, la ansiedad o el estado de alerta. Por ejemplo, algunos estimulantes aumentan la disponibilidad de dopamina, un neurotransmisor asociado a la motivación y a la sensación de recompensa. Cuando la dopamina aumenta, el cerebro interpreta que lo que estamos haciendo es importante, lo que facilita la concentración y reduce la sensación de fatiga.
Otros medicamentos, como las benzodiacepinas, actúan sobre el sistema GABA, que cumple una función inhibidora en el cerebro. Al potenciar este sistema, disminuyen la ansiedad y producen una sensación de calma. Las bebidas energizantes, por su parte, bloquean los receptores de adenosina, una sustancia que participa en la regulación del sueño y del cansancio. Al bloquearla, el cerebro interpreta que todavía no es momento de descansar. El problema es que estos sistemas forman parte de un equilibrio delicado. Fueron diseñados evolutivamente para responder a las necesidades reales del organismo: descansar cuando estamos cansados, dormir cuando el cerebro necesita recuperarse, sentir ansiedad cuando enfrentamos situaciones importantes.
Cuando intervenimos artificialmente sobre estos circuitos, podemos obtener beneficios a corto plazo, pero también alterar ese equilibrio.
El precio oculto del rendimiento
Las sustancias que prometen mejorar el rendimiento suelen funcionar en el corto plazo. De lo contrario, nadie las usaría. El problema es que los efectos a largo plazo no siempre son evidentes al principio. El uso repetido de estimulantes puede alterar el sueño y aumentar la ansiedad. Las benzodiacepinas pueden producir tolerancia y deterioro cognitivo si se usan durante mucho tiempo. Las bebidas energizantes pueden generar palpitaciones, irritabilidad y fatiga posterior. Incluso los fármacos utilizados para el rendimiento sexual pueden generar dependencia psicológica. Además, existe otro aspecto menos visible: el impacto sobre el descanso del cerebro.
Durante el sueño profundo, el cerebro activa un sistema de limpieza —conocido como sistema glinfático— que elimina sustancias de desecho acumuladas durante el día. Cuando el sueño se fragmenta por el uso de estimulantes o sedantes, ese proceso de limpieza puede verse alterado.
En otras palabras, el intento de rendir más hoy puede tener costos biológicos mañana.
Una sociedad que no tolera el cansancio
Más allá de la biología, el fenómeno de la farmacología del rendimiento también tiene una dimensión cultural. Vivimos en sociedades que valoran cada vez más la productividad, la eficiencia y la competitividad. En ese contexto, el cansancio, la duda o la fragilidad pueden percibirse como fallas personales.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han describe al individuo contemporáneo como un “sujeto del rendimiento”: alguien que se exige constantemente a sí mismo para estar a la altura de expectativas cada vez más altas. En ese escenario, las sustancias que prometen mejorar el desempeño pueden convertirse en una especie de herramienta para adaptarse a esa presión. No necesariamente porque alguien lo obligue, sino porque el entorno lo vuelve casi inevitable. Si todos trabajan más horas, duermen menos y producen más, ¿qué ocurre con quien decide simplemente respetar sus límites?
El rol de la medicina
Frente a este fenómeno, la medicina —y particularmente la psiquiatría— enfrenta un desafío complejo. No se trata de demonizar los medicamentos. Muchos de ellos son herramientas terapéuticas extraordinariamente valiosas cuando se utilizan en el contexto adecuado. El problema aparece cuando la solución farmacológica comienza a reemplazar la reflexión sobre el problema. Si alguien necesita estimulantes para trabajar jornadas interminables, tal vez la pregunta no sea solo qué medicamento usar, sino qué condiciones laborales están generando esa necesidad. Si alguien necesita ansiolíticos para soportar cualquier situación social, quizás convenga preguntarse qué está ocurriendo con la forma en que vivimos las relaciones humanas.
La medicina no puede limitarse a producir sujetos más adaptados a un sistema que exige cada vez más.
También debe ayudar a pensar los límites de ese sistema.
¿Y qué ocurre cuando llega la vejez?
El ideal contemporáneo de rendimiento no desaparece con los años. De hecho, muchas veces se vuelve más intenso. En las últimas décadas ha aumentado el interés por las sustancias que prometen mantener la memoria, la concentración o la energía mental en la edad adulta y en la vejez. Desde suplementos y estimulantes hasta fármacos originalmente diseñados para otras indicaciones, la promesa es siempre similar: seguir funcionando como antes. Sin embargo, el cerebro envejecido tiene características particulares. Los sistemas que regulan el sueño, la memoria y la regulación emocional se vuelven más sensibles a las intervenciones farmacológicas. Lo que en una persona joven puede producir un efecto relativamente leve, en un adulto mayor puede generar insomnio, confusión, caídas o deterioro cognitivo.
Por otra parte, la presión cultural por “no envejecer” o por mantener un rendimiento similar al de etapas anteriores de la vida puede generar una expectativa poco realista. El envejecimiento implica cambios naturales en la velocidad de procesamiento, en los ritmos de descanso y en la forma de organizar la energía mental. La pregunta entonces no es solo cómo rendir más, sino cómo envejecer mejor. Desde la medicina y la psiquiatría, el desafío no consiste en medicalizar cada signo del paso del tiempo, sino en acompañar los cambios propios de la vida, cuidando la salud cerebral, el sueño, los vínculos y el sentido de las actividades cotidianas.
¿Rendir más o vivir mejor?
El deseo de mejorar nuestras capacidades es tan antiguo como la humanidad. Siempre hemos buscado herramientas para ampliar nuestros límites. La pregunta no es si queremos vivir mejor. La pregunta es qué entendemos por vivir mejor. Si la única medida del valor personal es el rendimiento, es probable que terminemos atrapados en una carrera sin final. Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea encontrar nuevas pastillas para rendir más, sino recuperar algo que la medicina no debería olvidar nunca: que el ser humano no es una máquina diseñada para producir, sino una vida compleja que también necesita descansar, disfrutar, dudar, equivocarse y detenerse.
Copete
Pastillas para estudiar mejor, para no ponerse nervioso, para dormir después de no haber dormido o para mejorar el desempeño sexual. El uso de fármacos en personas sanas está creciendo silenciosamente. ¿Qué ocurre cuando la vida empieza a medirse solo en términos de rendimiento?






