En los últimos tiempos noto cómo se ha ido extendiendo una sensación extraña, una especie de ruido de fondo que incita a mirar a otros con desconfianza, como si se buscara un chivo expiatorio. Se ha instaurado el relato de que los boomers somos los culpables de algunos de los problemas de los jóvenes y de la sociedad. La precariedad laboral, la vivienda inalcanzable, las pensiones futuras … todo recaería sobre nuestras espaldas. Una narrativa cómoda para algunos, pero profundamente injusta.
Quiero decirlo con claridad: no vamos a pedir perdón por ser boomers, ni por tener una pensión digna. Trabajamos décadas cotizando, pagando impuestos, ahorrando y planificando la jubilación con responsabilidad. Mantener el sistema de pensiones no fue una opción, fue parte de la vida laboral que asumimos con esfuerzo y disciplina. Y, aun así, nos cambiaron algunas reglas de juego a mitad del partido, como sucedió con los planes de pensiones. Hemos trabajado muchos años. No de una manera heroica ni excepcional, simplemente haciendo lo que tocaba, lo que aprendimos desde pequeños. Levantarse, esforzarse, cotizar, ahorrar un poco cuando se podía, ayudar a sacar adelante a la familia, … No lo vivimos como un sacrificio, sino como parte natural de la vida. Y con el tiempo, llegamos a una etapa en la que soñamos con descansar un poco, con vivir más despacio, con disfrutar lo que tanto tiempo estuvimos posponiendo.
Quizá por eso duele cuando vemos que desde algunos discursos se insinúa que quienes ya han terminado su etapa laboral son responsables de problemas que llevan décadas gestándose. No porque hiera el orgullo, sino porque sentimos que la historia se está contando al revés. Que se olvida todo lo que se sostuvo, todo lo que se construyó, todo lo que durante años funcionó gracias al esfuerzo silencioso de millones de personas.
Que los diferentes gobiernos que hemos sufrido hayan vaciado la caja de las pensiones, que el mercado laboral sea cada vez más precario, o que la vivienda esté fuera del alcance de muchos jóvenes, no es culpa de los boomers. Ésta recae en décadas de políticas mal gestionadas, cortoplacistas y negligentes. Culpar a quienes trabajamos toda la vida es simplista y peligroso. Es un truco de polarización que divide generaciones mientras quienes tomaron las decisiones relevantes permanecen intocables. Y lo que es peor, no son ellos los que se manifiestan muchas veces, sino que utilizan voces subcontratadas.
No somos el problema, somos la prueba de que planificar funciona. Muchos de nosotros sacrificamos presente por futuro trabajando durante largas jornadas, cotizando y ahorrando para tener un colchón cuando llegara la jubilación. Por ejemplo, una segunda vivienda para invertir y obtener una renta por ella. Esa planificación no es un privilegio inmerecido, es el resultado de disciplina y previsión. Por eso, la narrativa de que los boomers arruinaron todo, es injusta. No somos responsables de las malas decisiones ajenas ni de los errores de gestión de décadas de política económica.
El debate sobre pensiones, empleo y vivienda debe basarse en hechos, justicia y planificación, no en enfrentamientos generacionales. Pero ninguna de estas soluciones pasa por culpar a quienes trabajamos y cotizamos durante toda nuestra vida. La solidaridad intergeneracional debe construirse desde políticas inteligentes, no desde reproches ni desde globos sonda que pretenden cambiar las reglas del juego a costa de generaciones que ya hicieron su parte.
Un mensaje para los jóvenes: los mayores no somos enemigos de vuestro futuro. Muchos de nosotros trabajamos para crear sistemas sostenibles, ahorrar para complementar nuestras pensiones y contribuir al bienestar colectivo. Nuestro interés no está en perpetuar privilegios inmerecidos; está en que la sociedad funcione para todos, pero con justicia y responsabilidad.
¿A qué esperan los políticos para arreglar aquel ascensor social que muchos boomers pudimos utilizar y que ahora está parado? Dividir generaciones nunca ha sido la solución. Acusar a quienes han contribuido toda su vida no arregla nada, solo genera resentimiento y confusión.
Pero tampoco quiero que esto suene a queja. Lo que más me entristece no es el señalamiento, sino la división. Esa sensación de que alguien, desde algún lugar, está intentando que dejemos de mirarnos con empatía. Que en vez de escucharnos busquemos culpables. Que olvidemos que, al final, todos compartimos las mismas preocupaciones: un hogar, un futuro para quienes queremos, una vida con un poco de dignidad. Cuando pienso en todo esto, no siento rabia. Siento pena. Me gustaría que pudiéramos hablar con más calma, con más verdad y menos ruido. Que quienes están empezando ahora no sintieran que nadie les da la espalda. Que quienes ya hemos recorrido gran parte del camino no tengamos que justificar cada paso. Y que, entre todos, pudiéramos exigir a quienes toman decisiones que estén a la altura de lo que la sociedad necesita.
No creo que el problema esté en las personas. Nunca lo ha estado. Lo que falta es honestidad, planificación, valentía para afrontar lo que es difícil de explicar y aún más difícil de resolver. Y lo que sobra es esa tendencia a enfrentar a quienes, en realidad, se necesitan mutuamente.






