Durante mucho tiempo pensé que jubilarse era una forma elegante de desvanecerse. Una retirada ordenada, sin ruido, sin molestar. Hoy, ya jubilado, sé que al menos en mi caso no fue así.
Pertenezco a una generación educada en el esfuerzo y la responsabilidad. Familias humildes de padres pluriempleados y trabajando ambos, eran otros tiempos. Este esfuerzo de las familias hacía que el ascensor social funcionara si uno ponía el empeño suficiente. Por desgracia, el ascensor está estropeado.
Y aprendimos pronto algo decisivo: el trabajo no solo daba de comer, te daba una identidad. Cuando alguien te preguntaba ¿a qué te dedicas?, en realidad te estaba preguntando quién eras. Durante muchos años ese modelo funcionó. O, al menos, parecía hacerlo.
En mi caso, y en el de muchos otros, el trabajo ocupó un lugar central. Me gustaba. Se me daba bien. Fui reconocido, escuchado, respetado (o al menos eso creo). Y cuando eso ocurre, casi sin darte cuenta, empiezas a confundir utilidad con valor. Ser necesario con ser importante. Tener la agenda llena con tener sentido. Todo esto era muy peligroso.
El cuerpo, sin embargo, no entiende de discursos. Entiende de estrés crónico, de silencios mal digeridos, de noches con el pulso acelerado sin un motivo aparente. Durante años aprendí, como tantos, a normalizar señales que no lo eran. “Ya descansaré más adelante”, me decía. Siempre había algo que cerrar, alguien a quien atender, una decisión que no podía esperar … Y cada problema abría una espiral interminable de rumiación mental.
Hasta que un día entiendes, no con la cabeza, sino con el cuerpo, que ese más adelante no existe.
También descubres algo incómodo: las organizaciones siguen funcionando sin ti. Siempre lo hacen. Se sustituyen funciones, se reorganizan equipos, se actualizan organigramas. No es crueldad. No es nada personal. Es el sistema.
Las empresas no sustituyen personas, sustituyen roles. La experiencia previa, el pensamiento estratégico, la capacidad de análisis, la inteligencia relacional, saber conectar los puntos … no aparecen en ninguna celda de Excel. Y, aun así, la hoja de cálculo es lo que prima. ¿Dónde están aquellas empresas, como cuando yo comencé, que regalaban un Rolex a los 25 años de servicio?
Comprender esto no me volvió cínico, me volvió lúcido. El error no está en las empresas. Está en confundir nuestro valor como personas con el lugar que ocupamos en estructuras diseñadas, precisamente, para sobrevivir sin nosotros.
Cuando me jubilé ocurrió algo curioso. El tiempo dejó de ser un recurso que había que exprimir y pasó a ser un espacio que se podía habitar. No desapareció la actividad, cambió la intención. Leo sin urgencia, escribo sin objetivo, aprendo cosas que no “sirven para nada” y por eso mismo, sirven para mucho. Paso tiempo solo sin sentir soledad. Y cuando estoy con los míos, lo hago con una presencia mayor, menos apurada.
Y he entendido algo esencial: fuera del trabajo, en la familia, en los afectos, en la vida real, somos irremplazables. Ahí no hay relevos ni organigramas. Tu presencia, no tu productividad, es lo que cuenta.
Sé que no todas las jubilaciones son iguales. No todas llegan cuando uno quiere ni como uno quiere. Pero casi todas ofrecen una oportunidad: replantearse el ritmo, el foco y el lugar desde el que uno vive. Yo no me siento menos activo, me siento menos ocupado. Y esa diferencia lo cambia todo.
Durante años viví como si hubiera tiempo de sobra. Hasta que un día, a veces el cuerpo se adelanta a la mente y comprende que no hay más adelante, que no hay segunda vuelta … y te avisa, aunque por desgracia, no le haces caso o no le entiendes. Confucio lo expresó con una gran sencillez: tenemos dos vidas; la segunda comienza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una.
Tal vez jubilarse no sea retirarse. Tal vez sea ese momento exacto en el que empieza la segunda vida en ese lugar al que decidimos cambiar.






4 respuestas
Siempre aportando Pedro, siempre aprendiendo de ti, antes aprendiendo sobre el trabajo, ahora sobre algo más importante, sobre la vida. Gracias !!!!
Gracias Víctor.
Como me gusta leerte Pedro, no dejes de escribir, eres pura inspiración. Me encanta tu post. Muchas gracias !!
¡Muchas gracias, Inés!